¿La fuerza de la ley o la ley de la fuerza?
Es tan fácil hoy comenzar una guerra de alto poder destructivo que la necesidad de diálogo como recurso para arreglar una diferencia se piensa a veces obsoleto...

Hace apenas siete días eran tres, dos contra uno; hoy son 19… y en un descuido todos contra todos. Nombres: El pasado 28 de febrero Estados Unidos e Israel atacaron por aire a Irán. Irán respondió atacando también por aire a Israel y a varios países de la región aliados de los primeros atacantes.
Al día siguiente comenzaron a involucrarse -o a ser involucrados- en mayor o menor grado varios más, tanto del área como de naciones europeas. La creciente lista son: Estados Unidos, Israel, Irán, Líbano, Yemen, Iraq, Bahrein, Qatar, Kuwait, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Jordania, Siria, Chipre, Turquía, Paquistán, Reino Unido, Francia y Grecia. Ya son casi el triple de países que días transcurridos en guerra. Y qué tan frecuente es en tiempos modernos que las guerras involucren a más de dos países, pero una veintena de países en una semana parece ser cosa nunca antes vista. Alguna vez en este espacio hacía comentarios sobre las dificultades, ya no sólo de resolver sino incluso de exponer los dilemas éticos de la guerra, o como suele decirse hoy cada vez más seguido, cuestiones éticas “de la guerra y la paz”.
Los conflictos suelen hoy encenderse a partir de diferencias ideológicas, ambición de expansión y extensión del dominio, pero qué cierto es que casi siempre en estos tiempos el comienzo de un conflicto violento de limitadas o grandes proporciones cuenta como primer autor con un líder nacional de sospechosa salud mental (Hitler, Stalin, Pol Pot y otros) distinguidos por una indiferencia práctica sobre holocaustos y genocidios, aplanamiento moral, odio expresado ya no sólo solamente en el gran número de bajas del lado enemigo sino en las formas en las que se ejerce la violencia.
Sobre esto último destaca -guardadas las proporciones- la exhibición terrorífica de la violencia como lo indican las huellas de tortura e incluso la vejación sobre cuerpos humanos inertes: Decapitación, desmembramiento, enucleación ocular (sacar los ojos) y otras barbaridades de extrema crueldad, todo esto especialmente por grupos del crimen organizado.
El análisis ético de la guerra se ha complicado aún más con el uso de las armas tecnológicamente muy sofisticadas con mayor poder de destrucción y también lo que implica e implicará aún más la evolución digital comenzando por la inteligencia artificial.
Es tan fácil hoy comenzar una guerra de alto poder destructivo que la necesidad de diálogo como recurso para arreglar una diferencia se piensa a veces obsoleto dando pie a la tentación de aplicar pronto el poder de las nuevas súper-armas.
En las últimas declaraciones de los más altos líderes estadounidenses se ha escuchado decir que el actual conflicto tuvo que ser, y ser así, porque urgía un ataque “de forma proactiva y defensiva”, concretamente el comienzo obligado de una guerra “preventiva”.
Este criterio -aunado a otras expresiones vistas en diferentes conflictos recientes como el caso Venezuela, el caso migratorio actual en los Estado Unidos, por citar un par de ejemplos, en los que se podría argumentar la justificación de acto “preventivo”, “proactivo” y “defensivo”- tal criterio, repito, ha venido a complicar no sólo el análisis “legal” para comenzar una guerra, sino también complicar el análisis ético del asunto ya que hay un vacío de precedentes similares, y podría argumentarse la licitud, justicia o necesidad de hacer la guerra en defensa de “nuestros intereses” o para “evitar males mayores”, según una visión unilateral.
El cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado del Vaticano, ha criticado los argumentos de justificación bélica referidos expresando que “La fuerza de la ley ha sido sustituida por la ley de la fuerza”.
Queda pendiente un profundo análisis argumentativo que analice y quizás neutralice lo que podría ser un eufemismo: Hacer la guerra para prevenir el mal.
Jesús Canale
Médico cardiólogo por la UNAM.
Maestría en Bioética.
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