Morir dos veces
El mismo día que Claudia Sheinbaum aterrizó en Sinaloa para hablar de seguridad y avances, a Rubí Patricia Gómez-Tagle la estaban asesinando en su casa en Mazatlán.

Denise Dresser
El mismo día que Claudia Sheinbaum aterrizó en Sinaloa para hablar de seguridad y avances, a Rubí Patricia Gómez-Tagle la estaban asesinando en su casa en Mazatlán. Intento describir esa imagen sin que se me fracture algo por dentro: Ella, madre buscadora, integrante de Corazones Unidos por una Misma Causa. La mujer que llevaba meses escarbando la tierra para encontrar a su hijo desaparecido; ella, que había aprendido a distinguir el olor de la muerte bajo el polvo; ella, que convirtió el dolor en lucha colectiva. La encontraron con heridas de arma blanca, en la sala de su vivienda. Mientras tanto, en el universo paralelo de Morena estaba el templete. Los micrófonos. Los acarreados. El discurso.
El poder presume sus logros mientras la población padece sus vacíos. Menos homicidios, más desapariciones. Desde hace años veo a las madres hincadas en los cerros, clavando varillas en la tierra, esperando el sonido hueco que anuncia una fosa. Las veo secarse el sudor y seguir. Las veo abrazarse cuando encuentran un fragmento de tela, un hueso, una suela. Ellas hacen el trabajo que el Estado no hace. En Sinaloa, incluso los mineros desaparecidos en La Concordia fueron localizados por madres buscadoras. Otra vez ellas. Siempre ellas.
Hace poco, una madre buscadora me contó que durante una gira en Coahuila logró acercarse a la Presidenta. Le habló de las reuniones suspendidas en Gobernación. Le reclamó que llevan más de un año esperando un diálogo real, directo, sin intermediarios con ella. Le reclamó que sólo usan a los colectivos para legitimar anuncios que no resuelven lo esencial. La Presidenta le pidió su teléfono. Sigue esperando la llamada.
Las madres buscadoras no sólo pelean contra la tierra y el silencio y el desdén; ahora también pelean contra el borrador administrativo del Estado. Denuncian que el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas está siendo “depurado” bajo criterios opacos que permiten reclasificar, suspender o dar de baja casos sin una localización plenamente acreditada. Carpetas abiertas se convierten en pretexto para sacar nombres del conteo; coincidencias mínimas o revisiones incompletas bastan para alterar cifras. Y frente a la crisis, el Gobierno responde envolviéndose en la bandera de la soberanía y acusa intervencionismo cuando el Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU busca llevar el tema a instancias mayores.
En Hamnet, la novela de Maggie O’Farrell llevada al cine, hay una escena desgarradora. Ante la muerte de su hijo, Agnes lanza un grito feral, que parece nacer de las entrañas de la tierra. Yo no podía parar de llorar, sabiendo lo que significa la ausencia de alguien que nació de ti. Y hablando de esa escena con mi amiga, la académica feminista Marta Ferreyra, le dije: No hay nada peor que la muerte de un hijo. Ella me respondió: Sí lo hay. La desaparición de un hijo. Lo sabe porque su hermano fue desaparecido por la dictadura argentina.
La desaparición es el crimen que define a los regímenes autoritarios/militarizados: La sombra de Pinochet en Chile, la noche interminable de la junta argentina, el terror sistemático de Stroessner. La desaparición es el paradigma del crimen perfecto: No hay cuerpo, no hay certeza, no hay final. El tiempo se queda detenido en el instante en que alguien no regresó. Es más cruel que la muerte porque suspende el duelo. Porque obliga a vivir en una espera interminable.
Cada vez que la Presidenta no se reúne con las madres buscadoras, las obliga a seguir sobreviviendo así. Cada vez que prioriza la narrativa del éxito en seguridad y la disminución de los homicidios sobre la crisis de desapariciones, vuelve a invisibilizarlas. Y cuando una de ellas es asesinada -como Rubí- el mensaje es atroz: En México pueden matarte por buscar. En México una desaparición parece menos grave que un asesinato, porque al Gobierno le importa más la bala contabilizada que la ausencia sin fin.
Rubí salió a excavar para encontrar a su hijo. Nadie actuó a tiempo para salvarla a ella. Eso es la moral al revés: Celebrar curvas descendentes mientras las fosas se ensanchan; hablar de paz mientras las madres caminan con varillas en la mano; proteger la soberanía mientras se desprotege la vida. México está lleno de madres que mueren dos veces. Primero cuando sus hijos desaparecen. Y después cuando gritan y nadie las escucha. O alguien las asesina por buscar.
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