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El error que cometemos cuando intentamos que nada falle

Hay una sabiduría amarga en aceptar que, una vez que preparaste el arco y apuntaste, el disparo ya no te pertenece.

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

Hay errores que sólo cometemos por miedo a fallar. En mi afán por que todo saliera perfecto, esa noche me volví un extraño. Estaba sentado frente a ella en un restaurante que había elegido con precisión quirúrgica, intentando reconstruir un vínculo que se me escapaba entre los dedos. Había ensayado las palabras frente al espejo, medido los tiempos de las anécdotas y diseñado una lista mental de temas que “debíamos” tocar para que la relación volviera a su eje. La tensión de querer controlar el resultado asfixió la espontaneidad, que era lo único que realmente nos podía salvar.

Me pasó lo que al arquero novato de Kyūdō: Me tembló el pulso no por falta de fuerza, sino por exceso de control.

El Kyūdō es el arte japonés del tiro con arco, pero en el fondo es una lección sobre el desapego. Dicen los maestros que el objetivo no es acertar en el blanco, sino lograr una alineación total entre el cuerpo, la respiración y la atención. Explican que, cuando la mente intenta monitorear “soltar” la flecha, aparece una vibración parásita y todo se echa a perder. Yo estaba ahí, frente al plato principal, haciendo exactamente eso: Vigilando mi propia actuación.

Cada vez que ella hablaba, yo calculaba el impacto de mi respuesta. Medía mis silencios para que no parecieran indiferentes y controlaba el tono de mi voz para que sonara empático pero no desesperado. Era un arquero mediocre intentando corregir la trayectoria de la flecha mientras ya estaba lanzada. No estaba presente; era un inspector de mi propia conducta. El resultado fue un desastre previsible. Ella dejó los cubiertos, me miró con una mezcla de lástima y cansancio, y me dijo: “No sé con quién estoy hablando, pero no es contigo”.

Nos pasa en el trabajo, en el sexo o en las conversaciones que definen nuestra vida. Pensamos que si dejamos de vigilar cada detalle, todo se va a desmoronar. En esa cena, yo no confiaba en los años que habíamos pasado juntos; sólo confiaba en mi capacidad de manipular el presente. Y lo que logré fue una interferencia absoluta.

Hay una sabiduría amarga en aceptar que, una vez que preparaste el arco y apuntaste, el disparo ya no te pertenece. Es como el que intenta dormirse con una voluntad férrea que termina espantando al sueño. Si esa noche yo hubiera dejado de actuar, si hubiera soltado el guion, quizá la flecha habría encontrado su camino por sí sola. Pero me quedé aferrado a la cuerda, tensándola tanto que el arco -y mi ex- me pasaron la factura.

Al final el blanco no es lo más importante, sino ese instante de vacío justo antes de que la cuerda vibre, ese segundo donde comprendes que ya hiciste todo lo que podías y que el resto no depende de ti. Tal vez si hubiese tenido la sabiduría de soltar la cuerda a tiempo, otro habría sido el resultado. En cambio, tuve que aprender que no se puede sostener un arco queriéndolo controlar todo

¿Y tú? ¿En qué áreas de tu vida te cuesta convivir con la incertidumbre y te excedes en lo que puedes hacer, generando resultados contraproducentes?.

Juan Tonelli

Escritor del libro “Un elefante en la habitación”, y conferencista.

www.youtube.com/juantonelli

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