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El precio del caos: la inversión ante el espejo de la violencia

Salvador Maese Barraza

El precio del caos: la inversión ante el espejo de la violencia

“La paz no es la ausencia de guerra, es una virtud, un estado de ánimo, una disposición a la benevolencia, a la confianza y a la justicia.”Baruch Spinoza.

En el complejo ecosistema de la economía global, existe un activo invisible pero más valioso que cualquier recurso natural: la certidumbre. Para un inversionista, decidir dónde colocar su capital no es solo un ejercicio de cálculo matemático sobre rentabilidad o beneficios fiscales, sino una evaluación profunda de riesgos sobre la estabilidad de las reglas del juego.

En México, este delicado equilibrio se enfrenta hoy a una paradoja punzante: mientras las cifras de atracción de capital buscan consolidarse bajo la promesa histórica del nearshoring, la cruda realidad en las calles y carreteras sigue dictando una narrativa de vulnerabilidad que ningún balance financiero o discurso oficial puede ignorar por completo.

La reciente captura de un alto perfil del narcotráfico, y la explosión de violencia descontrolada que suele suceder a estos operativos conocida popularmente como “reacción en cadena”, actúa como un potente recordatorio de que la seguridad jurídica es incompleta si no existe seguridad física.

Cuando una detención de alto impacto deriva en bloqueos coordinados, parálisis de suministros y el cierre forzoso de miles de establecimientos, el mensaje que se envía al mundo no es solo de un golpe al crimen, sino de un Estado de derecho en constante disputa territorial.

La violencia no solo cobra vidas; devora oportunidades al imponer un “impuesto a la inseguridad” que las empresas deben absorber en forma de blindaje, logística redundante, monitoreo satelital y primas de seguro elevadas que merman la competitividad.

Esta incertidumbre generada por el control territorial de grupos criminales fractura las cadenas de valor justo cuando México posee una posición estratégica envidiable frente al mercado norteamericano.

El capital es, por naturaleza, cauteloso; busca horizontes donde el futuro sea predecible y el retorno de inversión no dependa del humor de poderes fácticos. Si el inversor percibe que las instituciones están superadas por fuerzas extralegales, el atractivo geográfico pierde peso frente al riesgo operativo.

La certidumbre no se construye únicamente con tratados comerciales, ceremonias de inversión o decretos de papel, sino con la garantía cotidiana de que la mercancía llegará a su destino a tiempo y los empleados podrán desempeñar sus labores sin temor a la extorsión o al fuego cruzado.

México se encuentra en una encrucijada histórica donde la complacencia no tiene cabida. Para transformar el auge pasajero de inversión en una prosperidad de largo plazo que permee a toda la sociedad, el país debe demostrar con hechos que la paz pública es el cimiento inamovible de su modelo económico.

La captura de un criminal de alto rango es un paso necesario en la aplicación de la ley, pero si no se acompaña de una estrategia integral que recupere el control efectivo del territorio y fortalezca la infraestructura institucional en los tres niveles de gobierno, el triunfo es meramente táctico mientras el costo económico se vuelve estratégico.

La verdadera competitividad de una nación no reside solo en su mano de obra calificada o sus vastos recursos, sino en la confianza inquebrantable de que el Estado es el único ga- rante de las reglas, la justicia y la vida.

*-El autor es Presidente de Index Mexicali.