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Ni quien les crea

Un velo de incredulidad y duda han tendido los ciudadanos pensantes sobre la magra información relacionada con la captura y muerte de “El Mencho”.

. Catón

De política y cosas peores

“Todas las noches me sueño desnuda”. Eso le contó la linda Dulcibella a su galán. Dijo él: “A mí me sucede lo mismo”. La chica se interesó: “¿También te sueñas desnudo?”. “No -precisó el tipo-. También todas las noches te sueño desnuda”. En el Bar Ahunda el salaz sujeto se dirigió a la voluptuosa fémina: “Daría mil pesos por besar esos sensuales labios que de seguro guardan placeres inefables de budoir o harén”. Respondió ella, insinuativa: “¿Por qué mejor no aspiras al gran premio de los 10 mil pesos?”. México tiene pocos inventores. Y se explica: Desde que somos niños nuestras mamás nos dicen: “No inventes, ¿eh? No inventes”. Se refieren, claro, a nuestras mentiras infantiles. A diferencia de los Estados Unidos, donde la mentira es pecado mortal, aquí el mentir se considera habilidad pragmática, sobre todo en el campo de la política. Los “otros datos” de López Obrador eran casi todos mentiras descaradas con las cuales el demagogo autócrata intentaba disfrazar su ineptitud y sus mayúsculos errores. “No le creo ni el Bendito”, decían nuestros abuelos hablando de algún mentiroso (o mentirosa). Pues bien: Un velo de incredulidad y duda han tendido los ciudadanos pensantes sobre la magra información relacionada con la captura y muerte de “El Mencho”. Ninguna evidencia clara se ha mostrado para probar la verdad de lo que se ha dicho acerca del sonado asunto. Y es que tantas mentiras suele decir la 4T que ya no le creemos ni el Bendito. Si nos dice que es de día salimos a la calle a ver si es cierto, así de escépticos nos hemos vuelto. Don Severiano García, llamado con afecto “El Chato”, insigne maestro del Ateneo Fuente, esgrimía la duda cartesiana, a fuer de positivista consumado, como método para dar con la verdad. Alguien le comentó una vez: “¿Sabía usted, maestro, que Fulano y Mengana son amantes?”. “Quién sabe -respondió él-. Necesitaría verlo a él abrazado con ella. Y quién sabe. Necesitaría verlos entrar juntos a una habitación. Y quién sabe. Necesitaría verlos en la misma cama. Y quién sabe. Necesitaría verlos desnudos. Y quién sabe. Necesitaría verlo a él arriba de ella. Y quién sabe. Necesitaría pasar un hilo entre los dos. Si el hilo se atora, ¡entonces sí son amantes!”. Caso muy diferente es el de aquel sujeto a quien un cercano amigo le aseguró que su mujer lo engañaba. “Lo dudo”-opuso el tipo. Le dijo el otro: “Hace unos momentos la vi entrar con su querido en el Hotel Kamawa. “Lo dudo” -repitió el esposo. “Vamos a que te cerciores” -sugirió el amigo. Por la cerradura de la puerta de la habitación el mitrado marido pudo ver cómo su mujer y el hombre se abrazaban y besaban en forma bastante apasionada y se hacían objeto mutuamente de caricias eróticas que no puedo describir aquí por razones de moralidad. Procedieron ambos a quedar coritos, nudos, o sea sin ropa, y ella arrojó la braga en tal manera que cayó sobre la perilla de la puerta y obstruyó la vista por la cerradura, con lo cual el marido no pudo ya ver lo que siguió. “¡Ah! -exclamó desolado-. ¡La duda! ¡Siempre la maldita duda!”. Igual exclamación profiere la ciudadanía con motivo de la falta de información confiable acerca de las circunstancias que rodean a la detención y fallecimiento del delincuente, hechos que no se han visto lo suficientemente claros. Don Pecunio, señor que al don unía el din, le dijo al novio de su hija: “El hombre que se case con Uglina se llevará una joya”. Pidió el galancete: “A verla”. El joven Picio le reclamó a Pirulina: “¿Por qué coqueteas con otros?”. Explicó ella: “Mi corazón te pertenece, pero el resto de mi cuerpo tiene otras preferencias”. FIN.

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