Pisar mercurio
Hay que decirlo sin mezquindad: la caída de Nemesio Oseguera Cervantes, el “Mencho”, es un golpe mayor. Un trofeo que el Estado mexicano llevaba años persiguiendo.

Denise Dresser
Hay que decirlo sin mezquindad: la caída de Nemesio Oseguera Cervantes, el “Mencho”, es un golpe mayor. Un trofeo que el Estado mexicano llevaba años persiguiendo. Un mensaje -hacia adentro y hacia afuera- de que la era de “abrazos, no balazos” ya no alcanza para administrar un país capturado por economías criminales y complicidades políticas. También es una señal de que la cooperación con Estados entraña inteligencia compartida, “paquetes” de información, coordinación transfronteriza, una nueva arquitectura de cacería. La operación fue mexicana, sí, pero con “información complementaria” de Washington y el involucramiento de un nuevo grupo estadounidense dedicado a mapear redes de cárteles.
Pero celebrar la captura de un capo puede ser como pisar mercurio. Crees que por fin lo tienes bajo la suela, y en el siguiente instante se te descompone en mil esferas brillantes, tóxicas e incontrolables. La historia reciente ya nos lo gritó: Cuando cae una cabeza y el Estado no desmantela el cuerpo -finanzas, reclutamiento, alianzas locales, protección institucional- lo que sigue no es la paz. Lo que sigue es la fragmentación. Y la fragmentación, en México, suele ser sinónimo de violencia desatada.
Porque el CJNG no es un rostro. Es una red adaptativa con lógica de franquicia: Células con autonomía relativa, nodos conectados por dinero, lealtades, rutas, extorsión, control territorial. Cortar al jefe sin quebrar la empresa equivale a apagar el letrero y dejar la tienda abierta. Y, como suele ocurrir, la tienda se divide: Se disputan el inventario, los territorios, las cuotas, las lealtades. Más gatilleros, menos disciplina. Más violencia, menos control.
El operativo fue un golpe. La reacción fue una radiografía del País. No hay “normalidad” después. Hay narcobloqueos, incendios, carreteras convertidas en trincheras, transporte suspendido, vuelos cancelados, y un rumor de pánico que viaja más rápido que cualquier comunicado oficial. Esas secuelas no sólo demuestran el músculo del CJNG. Evidencian algo peor: El grado de infiltración. La facilidad con la que una organización puede parar ciudades, intimidar autoridades, incendiar el tránsito, y convertir la cotidianidad en excepción. Un Estado que presume capacidad táctica, pero exhibe fragilidad estratégica.
Y ahí es donde la respuesta gubernamental importa. Porque capturar al “Mencho” es el primer acto; gobernar el día después es el segundo. Y hoy, el “día después” se parece demasiado a Sinaloa: Incertidumbre, rumor, miedo viralizado, información fragmentada, ciudadanos persiguiendo WhatsApps porque la autoridad no ofrece claridad. En seguridad, el silencio no pacifica: El silencio multiplica el pánico.
Debe preocuparnos que el abatimiento se vuelva una repetición del guión de Calderón, vilipendiado pero retomado por Sheinbaum: Decapitación sin desmantelamiento, golpes espectaculares con costos sociales, un país contando cadáveres mientras el negocio se reinventa. No basta con perseguir a los capos. Hay que romper la economía política del narco: El lavado, las redes de protección, los pactos con alcaldes, policías, empresarios, sindicatos, transportistas; el circuito de financiamiento que sostiene la violencia como empresa rentable.
Lo argumenta Mary Beth Sheridan recientemente en The New York Times: El problema no es que los cárteles ataquen al Estado; es que con frecuencia forman parte de él. Combatirlos implica desmontar estructuras locales de poder, investigar acusaciones de colusión, tocar intereses dentro de Morena y sus alianzas. Esa es la guerra que casi nadie quiere pelear porque no se libra en la sierra sino en los ayuntamientos, en los congresos estatales, en las fiscalías, en las tesorerías, en los bancos, en las campañas.
Por eso la metáfora de pisar mercurio no es adornito literario; es advertencia. Pisar mercurio es creer que el control se logra con una bota militar, mexicana o estadounidense. Y luego descubrir que sólo lo dispersaste. Si el Gobierno de Sheinbaum -presionado por Trump- quiere que este golpe sea algo más que un titular, tiene que demostrar capacidad estatal para contener la fragmentación: Cortar financiamiento, ir tras políticos coludidos, proteger territorios vulnerables, blindar instituciones, comunicar con firmeza y honestidad. Si no, seguiremos haciendo lo mismo: Celebrar un nombre, mientras el mercurio se multiplica bajo nuestros pies.
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