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Un triste caso de envejecimiento

La NASA se ve y se siente vieja. Es más un museo histórico que la gran exhibición de una proeza humana.

Leo Zuckermann

Juegos de poder

Nací en los años sesenta del siglo pasado por lo que inevitablemente fui un niño y adolescente fascinado con la exploración espacial. En nuestra generación, cuando los adultos preguntaban qué queríamos ser de grandes, muchos contestábamos que astronautas. Las misiones Apolo de la NASA marcaron nuestras vidas.

Entre 1969 y 1972, seis naves estadounidenses alunizaron. Doce hombres llegaron a la luna. Los primeros del histórico Apolo XI dieron unos cuantos pasos: Armstrong y Aldrin tan sólo caminaron dos horas y media recolectando muestras, instalando experimentos y tomando fotografías.

Ya el Apolo XV llevó un cochecito, el primer Rover, que permitió recorrer una mayor distancia: 28 kilómetros en total.

Como si fuera un embrujo, yo seguía estas misiones por la televisión.

Uno de los días más felices de mi vida temprana fue cuando mis papás me llevaron a conocer la NASA en Houston. Recuerdo mi emoción al ver con mis propios ojos los trajes de los astronautas, las pequeñas naves Apolo que regresaron a la tierra, la réplica del módulo lunar, las muestras minerales de la luna o el icónico Mission Control Center donde se gestionaban las misiones espaciales desde la Tierra.

La semana pasada visité de nuevo la NASA en Houston. Resultó una experiencia triste. La NASA se ve y se siente vieja. Es más un museo histórico que la gran exhibición de una proeza humana.

De pronto me sentí como en una de esas exposiciones que hay en España de cómo llegaron los conquistadores a América. La cápsula real del Apolo XVII, la última que llegó a la Luna, me recordó una de las réplicas de las carabelas de Colón: Pequeñita con una tecnológica obsoleta. Si alguna vez me pregunté cómo los europeos atravesaron el Atlántico en el siglo XV en esos barquitos, ahora me quedé con la sensación de cómo fueron y vinieron a la Luna en esta navecita.

Los trajes reales de los astronautas de los Apolo son, para decirlo en el lenguaje de hoy, vintage. Viejos y pesados. A partir de la misión XV, llevaban unas cámaras de televisión montadas en el pecho del traje que trasmitían en vivo a la Tierra. Un prodigio de la tecnología en ese tiempo. Hoy, sin embargo, parecen un arcaico cacharro abandonado en el ático del abuelito fallecido hace décadas. La compañía que las diseñó, Westinghouse Electric Corporation, ya desapareció.

Lo mismo con el Lunar Roving Vehicle del Apolo XV. Este vehículo eléctrico plegable permitió trasladarse a mayores distancias en la Luna en condiciones extremas. No contaba, sin embargo, con pantalla, computadora, sistema GPS, mapas digitales y sensores avanzados. Todo dependía del entrenamiento y cálculo humano. Este vehículo fue un prodigio de la tecnología que costó 189 mil millones de dólares ajustados a la inflación. Hoy parece una carcachita.

En la NASA de Houston también puede visitarse una réplica de un transbordador espacial. De 1981 a 2011, los estadounidenses realizaron un total de 135 viajes con sus cinco orbitadores principales: Columbia, Challenger, Discovery, Atlantis y Endeavour. Pues bien, el Space Shuttle también ya se ve viejito. Donde es más patente es la cabina de los pilotos. Muchos botones, pocas pantallas. Cualquier avión actual se ve más moderno. En la NASA está montado sobre un vetusto Boeing 747 que era como movían al transbordador en la Tierra.

En suma, la NASA ha envejecido. Ya no despierta la emoción de antes. La pregunta es si esta dependencia regresará por sus fueros. Tienen dos misiones muy prometedoras: Regresar a la Luna y, desde ahí, preparar el camino para visitar Marte.

El primer proyecto es Artemisa, así llamado por la diosa griega de la Luna hermana de Apolo. La idea es llevar astronautas a la Luna, incluyendo ya a mujeres, establecer ahí una presencia humana permanente, construir infraestructura espacial y probar tecnología para eventualmente viajar a Marte.

Se prevé que este año haya una primera misión de humanos que sólo orbitarán la Luna para validar los sistemas de navegación. Posteriormente, en esta década se prevé un nuevo alunizaje en el polo sur lunar donde se establecería una base que serviría de reabastecimiento, investigación y escala hacia Marte. Dicha locación se debe a que ahí hay hielo que pude convertirse en oxígeno y combustible; además existe luz solar casi constante y una temperatura más estable.

Tristemente, las misiones pasadas de la NASA han envejecido. Ya no causan la emoción de antes. El futuro, sin embargo, se ve prometedor para los que nos fascina la exploración espacial. Eso sí, lo que sigue siendo una maravilla en el Centro Johnson de Houston es la tiendita porque, en eso de vender mercancías, los gringos se pintan solos.

Leo Zuckermann

X: @leozuckermann

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