Muertes que se pudieron evitar
Los ciudadanos conscientes culpan ahora a AMLO de los casos de sarampión que en nuestro País se han registrado.

De política y cosas peores
“El Presidente de la Muerte”. Quizá sería demasiado duro llamar así a López Obrador, pero no cabe duda de que en el curso de su sexenio hubo incontables muertes que se pudieron evitar. No me refiero sólo a las causadas por el Covid, pandemia que por la estupidez de su incondicional adulador López-Gatell, y por su propia estupidez, ocasionó cientos de miles de fallecimientos. Tampoco hablo de los desdichados niños enfermos de cáncer cuya vida se truncó por falta de medicamentos. Aludo a la falta de vacunas y a la clausura de la Semana Nacional de Vacunación que protegía a la infancia y que fue absurdamente suprimida por el autócrata, sistemático destructor de cosas buenas y empecinado constructor de cosas malas. Los ciudadanos conscientes culpan ahora a AMLO de los casos de sarampión que en nuestro País se han registrado. Esa enfermedad se consideraba ya erradicada en México. A la ausencia de vacunas para prevenirla se atribuye su reaparición. Es difícil suponer que AMLO tenga un asomo de conciencia que le haga ver las tragedias que con su soberbia y su ineptitud originó, pero en su caso el juicio de la historia ha sido rápido y expedito, y ya lo condenó. “Presidente de la Muerte”. ¿Exageración? Quizá no tanto. Del huizache se obtenía una tinta de intenso color negro. En ese oscuro tono fueron escritas las anteriores frases, de modo que conviene usar ahora otras tintas más suaves. Sirvan las siguientes historietas para cumplir ese propósito. Don Algón, ejecutivo de empresa, le preguntó a su jefe de personal: “La nueva encargada del archivo ¿presentó alguna referencia?”. “Presentó tres -respondió el tipo-. Busto, 106; cintura, 61; cadera, 110”. Ya conocemos a Capronio: Es un sujeto ineducado e incivil. Les comentó a sus amigotes en el Bar Ahúnda: “Mi suegra y yo tenemos algo en común: A los dos nos habría gustado que su hija se hubiera casado con otro hombre”. La señorita Himenia, célibe de 39 años repetidos varias veces, invitó a merendar en su casa a don Epaminondas, maestro jubilado. Le ofreció un piscolabis de galletas de animalitos con rompope, y luego traviesamente le propuso: “Juguemos a las escondidas, amigo mío. Me esconderé. Si me encuentra tendrá derecho a darme un beso. Si no me encuentra estaré atrás de las cortinas de la sala”. “No necesito reloj -declaró aquel marido-. En la cama le agarro una pompa a mi esposa, y me dice: ‘¡No manches! ¡Son las 3:00 de la mañana!’”. Don Chinguetas es un hombre casado que con frecuencia olvida que lo es. Hace unos días su esposa lo sorprendió en el lecho conyugal en brazos de una sinuosa morena de ojos verdes y cabellera bruna. La señora se disponía a prorrumpir en dicterios contra su casquivano marido y la daifa que lo acompañaba, pero don Chinguetas se le adelantó. Le dijo con irritante calma: “Tú tienes tus ideas para decorar la casa, y yo tengo las mías”. El azorado misionero estaba ya dentro del perol donde los caníbales lo iban a cocinar. Le informó uno de los antropófagos: “Ya habíamos abandonado esta bárbara costumbre, pero luego nos dieron la independencia, y entramos en problemas económicos que ocasionaron falta de alimentos”. Noche de bodas. La recién casada le hizo el amor a su flamante maridito en forma que habrían envidiado una odalisca de harén, una cortesana de Alejandría, una cultivadora del Kama Sutra y una pupila de Polly Adler, la más famosa madama en la historia universal del meretricio. Exhausto y agotado el feliz mancebo apenas tuvo alientos para decirle admirativamente a su dulcinea: “¡Caramba, Susiflor! ¡Deberías dedicarte profesionalmente a esto!”. FIN.
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