El salón de belleza del Senado
El Senado, habitáculo de lo pedestre y lo bajuno, era sede también de un salón de belleza...

De política y cosas peores
Los amigos de juventud nunca se olvidan. Anoche recordé a uno ellos, Gustavo, autor de una novela de la cual llegó a escribir solamente el título: “La cárcel del negro Jack”. Trataba de un esclavo africano en Alabama. La cárcel era su piel. Gustavo se fue a la Ciudad de México a probar fortuna, y llegó a ser guionista en los noticieros cinematográficos de Barbachano Ponce. Un día nos llegó la noticia de su muerte. Siempre había dicho que al morir quería ser incinerado -cosa muy desusada en ese tiempo-, y que sus cenizas se esparcieran en los sitios que más amaba de Saltillo. Con otro amigo, el Chundo, fui a la capital. La mujer de la que hacía años se había divorciado Gustavo llegó de súbito y reclamó sus cenizas. El Chundo trajo la urna y se la entregó. De regreso en el autobús le expresé mi pesadumbre por no haber podido cumplir la voluntad de nuestro amigo. “Sí la cumpliremos” -me dijo. Y sacó de su maletín una bolsa de papel de estraza con las cenizas de Gustavo. “A la mujer le di pura tierra del panteón”. En una madrugada nebulosa dispersamos las cenizas del querido compañero en los sitios que más amó: La Alameda, donde dio su primer beso; la calle de Victoria, nuestro paseo con incipientes ninfas; el inolvidable Café Élite; la capilla del Santo Cristo, a la que Gustavo iba secretamente a orar en días oscuros pese a su declarada condición de ateo. Distinta historia, muy distinta, es la de otro amigo nuestro, Fico, abreviatura de su largo nombre, Pacífico. Nos contó que en su lugar de origen, un pueblo del Norte de Coahuila, vivía su mejor amigo: Maco, abreviación igualmente de Románico. Después de muchos años de no verlo ni saber de su vida fue a buscarlo, movido por la nostalgia. Nadie le dio razón de él. Preguntó en la cantina, donde todo mundo se conoce. El cantinero le pidió que le dijera cómo era su amigo. Fico hizo la descripción lo mejor que pudo. “Ah, sí -recordó el hombre-. Pero su amigo ya no es Maco. Ahora es Maca”. “¿Cómo?” -se desconcertó el visitante. “Sí -confirmó el tabernero-. Cambió de género. Tiene una sala de belleza aquí a la vuelta”. Hacia allá fue Fico presurosamente. En efecto, vio un rótulo colgante que decía: “Maca’s Esthetique”. Abrió, cauteloso, la puerta del local y se asomó al interior. Ahí estaba su amigo. Lucía larga peluca rubia; blusa con holanes; pantaloncito entallado; zapatos de tacón aguja. Desde el fondo de la sala lo vio el otro, y lo reconoció al punto. Antes de que Fico pudiera articular palabra le dijo Maco, o Maca: “Ni me digas nada, cab… ¡Prueba!”. El Senado, habitáculo de lo pedestre y lo bajuno, era sede también de un salón de belleza -lo de belleza es un decir- al cual algunas senadoras iban a que les pintaran el pelo que se les está pintando. Ahora se anuncia el cierre de esa republicana prestación senatorial. No debe extrañar su desaparición: También la esencia del Senado ha desaparecido ya. Tras la consumación del matrimonio en la suite nupcial la desposada respondió con franqueza a la pregunta que le hizo su amoscado galán: “No, Ultimiso: No has sido el único. Pero si te sirve de consuelo te diré que tampoco has sido el peor”. El ciempiés niño lloraba acongojado. Le dijo a su mamá: “Me pegué en una patita”. “¿En cuál?” -preguntó ella. “No te lo puedo decir -respondió el pequeño ciempiés-. Nada más sé contar hasta 10”. Don Crésido, señor de gran fortuna (en dinero solamente), estaba enfermo grave en una cama de hospital. Con feble voz le preguntó al único familiar que tenía, un sobrino: “¿Hablaste con el médico?”. “Sí, tío”. “¿Te dio alguna esperanza?”. “Ninguna. Parece que se va usted a aliviar”. FIN.
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