¿Te aman a ti, o a lo que sostienes?
Vivimos bajo una convención peligrosa: En cada pareja, en cada familia, hay alguien a quien se le asigna el rol del “fuerte”.

Historias demasiado humanas
El golpe fue tan seco que el eco pareció tardar varios segundos en salir del comedor. Fue un impacto bestial contra la madera, de esos que no sólo mueven los cubiertos, sino que fracturan el aire. Ella, que siempre había sido el centro de gravedad de la casa, explotó. “¡Estoy harta!”, gritó, y la frase quedó vibrando como una amenaza.
El detonante fue una estupidez, una de esas minucias domésticas que en otro momento habrían pasado de largo. Uno de nuestros hijos soltó un comentario liviano, una ironía adolescente acompañada de una sonrisa burlona, y yo cometí el error de celebrarlo con una mueca cómplice. Fui el aliado de un chiste fácil en el momento menos oportuno. Y entonces, todo voló por los aires.
Ese día entendí, tarde y mal, lo que significa ser el pilar de una estructura.
Vivimos bajo una convención peligrosa: En cada pareja, en cada familia, hay alguien a quien se le asigna el rol del “fuerte”. Es esa persona que siempre escucha, la que resuelve las crisis logísticas, la que no se quiebra cuando el resto entra en pánico. Es el que tiene la espalda ancha y la paciencia infinita. Lo vemos como una virtud, casi como un superpoder, pero es en realidad una forma de condena silenciosa. Ser el pilar otorga un poder innegable, pero también garantiza una soledad absoluta. Porque el pilar, por definición, no tiene dónde recostarse. Si el pilar se inclina, el techo se nos cae encima a todos, y por eso no le permitimos ni un centímetro de flaqueza.
Lo que yo vi en ese golpe sobre la mesa no fue un ataque de ira. Fue el crujido de un material que había sido sometido a una presión constante durante años. El “fuerte” no explota por lo que pasa hoy; explota por todas las veces que tuvo que tragarse su propio cansancio para que los demás pudiéramos seguir viviendo en la comodidad de nuestra propia vulnerabilidad.
Existe un resentimiento muy específico que se cocina a fuego lento cuando el entorno se acostumbra a nuestra invulnerabilidad. Es el resentimiento de saber que tu dolor no tiene espacio en la agenda porque siempre hay una urgencia ajena que atender. Los demás dejan de preguntarte cómo estás, no porque no les importes, sino porque dan por hecho que tú siempre vas a estar bien. Te conviertes en un mueble sólido, en una certeza estética.
Y ahí aparece la pregunta que te muerde por dentro: ¿Nos aman por lo que somos o por la tranquilidad que les garantizamos?
Es una interpelación brutal. ¿Me quieres a mí o quieres el orden que te proveo? ¿Me amas o amas el hecho de que conmigo nunca tienes que preocuparte por nada?
A veces, el mayor acto de libertad para quien sostiene es reclamar el derecho a ser “el problema” por una vez. El derecho a romperse, a no tener la respuesta, a dejar que la cena se queme y que las cuentas no se paguen. Pero el entorno rara vez reacciona con empatía ante esto; lo hace con miedo o con indignación, como si el pilar los estuviera traicionando al mostrar su naturaleza humana.
Aquella tarde, frente a la mesa todavía vibrando, mi sonrisa burlona se borró de golpe. Me di cuenta de que mi complicidad con el chiste de mi hijo no era sólo una falta de respeto, era un acto de crueldad. Estábamos usando la solidez de ella como un juguete, dándole patadas a la columna que nos mantenía a salvo sólo para ver si hacía ruido.
El pilar se cansa. Y cuando el pilar se cansa, no pide permiso. Simplemente deja de sostener. Al final, ninguna estructura es eterna si nadie se ocupa de cuidar la base.
Quizás amar de verdad no sea recostarse en el otro, sino aprender a turnarnos para que nadie tenga que cargar con el peso del mundo durante demasiado tiempo.
Juan Tonelli
Escritor del libro “Un elefante en la habitación”, y conferencista.
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