La mentira más común del mundo: “Estoy bien” (cuando en realidad te estás muriendo)
¿En qué momento decidimos que la tristeza es una falla de fábrica que debemos ocultar para no incomodar al resto?

Historias demasiado humanas
¿Cuántas veces has respondido que estabas “bien” mientras sentías que te estabas muriendo? ¿En qué momento decidimos que la tristeza es una falla de fábrica que debemos ocultar para no incomodar al resto? Hay una forma de crueldad disfrazada que hoy llamamos positividad tóxica. Es esa presión invisible que nos obliga a actuar una alegría de plástico, convirtiendo la amabilidad en una cláusula contractual y la sonrisa en una orden militar.
Conozco a una persona que, hacia afuera, es el Sol de su entorno. En sus redes sociales y en sus cenas de trabajo, es el emblema de la resiliencia y el buen humor; alguien que siempre tiene la frase justa para “elevar la vibración” de los demás. Sin embargo, detrás de esa puesta en escena, su vida privada es un campo de batalla. En la intimidad, no soporta que lo miren a los ojos y su silencio es una pared de concreto.
Una noche, en una reunión pequeña, se le cayó un vaso. El ruido fue seco. Nadie habló. Él sonrió, pidió disculpas y siguió contando un chiste. Nadie volvió a mencionarlo. Yo tampoco.
¿Cómo es posible que alguien capaz de repartir tanta luz sea, en la sombra, un territorio desértico? Quizá la respuesta no esté en su maldad, sino en el peso insoportable de su máscara.
Pienso si esa positividad no es, en realidad, una armadura defensiva. Muchos eligen ser inofensivos y brillantes para que nadie pueda volver a herirlos: “Si sonrío lo suficiente, el mundo no notará que estoy roto”.
Yo también he usado el entusiasmo como un arma de silenciamiento. He dicho “mira el lado positivo” a personas que sólo necesitaban que me sentara a llorar con ellas. Lo hice porque su dolor me espejeaba el mío y era más fácil recetar una frase de sobrecito de azúcar que sostener la mirada de la angustia.
La última vez que me escribió “estoy bien” le respondí con una frase amable y un emoji.No pregunté nada más.
Todavía tengo ese mensaje guardado. No lo borro. Tampoco lo abro.
¿No sienten que, a veces, la felicidad ajena se percibe como una agresión? Hay algo profundamente violento en exigirle a alguien que está sufriendo que agradezca por sus problemas.
La positividad tóxica es la incapacidad de habitar lo negativo. Es una forma de analfabetismo emocional que nos obliga a anestesiar la rabia o el cansancio para no romper la estética del éxito. Muchos construyen vidas minimalistas, perfectas y controladas, como si el orden exterior pudiera detener el caos que todos llevamos dentro. Pero el costo de negar la sombra es que la sombra termina por devorarnos.
¿De qué sirve una vida de colores brillantes si no se tiene permiso para estar a oscuras cuando el alma lo pide?
Me pregunto si no estaremos fabricando una existencia de set de televisión, donde nosotros somos los productores de una alegría que no sentimos. Gastamos demasiada energía en sostener esa fachada mientras, por debajo, nos sentimos impostores.
¿No es más ético un gruñón auténtico que un optimista que sonríe mientras se está muriendo? La verdadera amabilidad no es bailar cuando no se tienen ganas, sino tener la valentía de decir: “Hoy no puedo”.
Al final, la madurez consiste en recuperar el derecho a la queja y al silencio. Nadie puede ser luz las veinticuatro horas sin terminar quemando a los que tiene cerca.Siempre es más humano vivir con el maquillaje corrido que morir asfixiado detrás de una sonrisa que ya no nos pertenece.
Juan Tonelli
Escritor del libro “Un elefante en la habitación”, y conferencista.
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