Borrar a alguien no siempre es odio, sino la última forma de amor
Estamos programados, casi culturalmente adiestrados, para asociar el acto de borrar con el desprecio.

Historias demasiado humanas
“La borró de la fotografía de su vida no porque no la hubiese amado, sino precisamente porque la quiso”.
Leí esa frase de Milan Kundera hace unos días y sentí una de esas punzadas que no te dejan seguir leyendo. No es por la contundencia de la imagen, sino por lo que deja flotando en el aire.
Estamos programados, casi culturalmente adiestrados, para asociar el acto de borrar con el desprecio. Borrar es, en nuestra cabeza, una forma de exageración, de locura, un truco de magia barato para fingir que alguien nunca existió.
Pero Kundera propone algo mucho más inquietante y humano: Que a veces se borra por piedad. Que el olvido puede ser el último refugio del amor.
Hay una forma de la ausencia que es, en realidad, un acto de preservación extrema.
Pienso en la gente que guarda las fotos en el fondo de un cajón, bajo llave, no para negar el pasado, sino para que no ensucie el presente. Es una decisión estratégica. Saben que si dejan la imagen ahí, colgada en la pared o brillando en la pantalla del celular, la rutina del desamor o el dolor, le van a ir pegando capas de negatividad. Borrar puede ser una forma de protegerse, y también de proteger algo que mientras duró fue hermoso.
Pienso también en el silencio de los que bloquean. En este mundo de hiperconexión, el bloqueo se ve como una agresión, como un portazo infantil. Pero a veces es la única forma de no convertir un amor que fue sagrado en una guerra de guerrillas por WhatsApp.
Es entender que cuando un vínculo se estira más allá de su tiempo biológico, empieza a deformarse. Las palabras que antes curaban se vuelven munición, las ironías reemplazan a la complicidad y la ternura se transforma en un fastidio difícil de digerir. Bloquear el contacto es, nuevamente, una forma de honrar lo que existió, y también de preservarse, evitando convertirse en estos dos extraños que se lastiman.
Pero la vida rara vez es tan prolija como un aforismo de Kundera. Hay otra decisión, mucho menos elegante, mucho menos defendible desde afuera y, sin duda, más sufrida.
Yo la conozco de cerca; la estoy habitando. Es la historia de los que no borran. De los que no pueden sacar la foto ni bloquear el número porque saben que, del otro lado, el otro no resiste ese nivel de pérdida o desamparo.
Ella viene de demasiadas batallas muy duras, demasiados naufragios que la dejaron exhausta. Para ella, que yo desaparezca del mapa no sería un proceso sano de duelo, sino quedar, otra vez, a la intemperie absoluta. Y aunque a mí este nuevo lugar de amigo no me hace bien -al menos no del todo-, elijo quedarme.
No es un acto de heroísmo ni un sacrificio de mártir, porque no hay gloria en esto. Es simplemente entender que, en la balanza de las vidas, su desamparo hoy pesa más que mi incomodidad. Es una forma de amor que no busca la felicidad propia, sino evitar el derrumbe del otro.
No todas las decisiones que nacen del afecto nos hacen bien. Algunas, de hecho, nos desgastan de forma silenciosa. Son decisiones que se toman para que el otro no se termine de romper, aunque uno pague un alto costo en el proceso. Es un equilibrio precario entre la propia salud mental y la compasión elemental por alguien que alguna vez fue nuestro mundo.
Hay gente que pasa años orbitando alrededor de incendios apagados. Revisan redes sociales, escuchan audios viejos y releen chats de hace tres inviernos como si buscaran una clave oculta, un código que explique en qué momento exacto se rompió el hechizo.
Creen que soltar es traicionar la intensidad de lo que sintieron, hasta que un día descubren que esa resistencia por no olvidar está arruinando incluso la pureza de lo que alguna vez guardaron.
Quizá de eso hablaba Kundera. No nos estaba dando una receta, sino exponiendo un dilema sangrante. El conflicto eterno entre la levedad de borrarse para salvar el recuerdo o el peso de quedarse para sostener una estructura que ya no nos pertenece.
No hay salidas limpias ni finales de película. Amar, a veces, es simplemente elegir entre dos formas distintas de dolor y aceptar que ninguna opción nos dejará indemnes.
Elegimos no para hacer lo “correcto” según los manuales de autoayuda, sino para no desentendernos de quien alguna vez fue nuestra felicidad, y en algún sentido, saber que estamos aportando algo hoy a su bienestar, también nos da alegría.
Juan Tonelli
Escritor del libro “Un elefante en la habitación”, y conferencista.
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