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Los ucases de Trump

Los poderosos no miden el alcance y consecuencias de sus órdenes, y las dictan sin considerar la suerte de aquellos a quienes sus medidas dañarán.

. Catón

De política y cosas peores

Candidito, joven varón sin ciencia de la vida, casó con Perinela, muchacha que al parecer sabía bastante de ella, pues a los cuatro meses de casada trajo al mundo un hermoso y robusto bebé. Candidito, receloso, le dijo a la flamante madre: “Tengo entendido que los bebés nacen a los 9 meses”. “No sabía eso -respondió Perinela-, pero te prometo que en el siguiente trataré de que así sea”. Sir Galahad regresó de la primera cruzada, y ansiaba que ya llegara la segunda. ¿Por qué? Porque lo aguardaba su esposa, lady Uglyna, mujer exageradamente fea por donde se le viera. La gorgona abrazó y besó con pasional ardor al recién llegado, y lo tomó por la mano para llevarlo a la alcoba conyugal. La detuvo sir Galahad. “¿Qué crees, viejita? En el viaje se me perdió la llave de tu cinturón de castidad”. Doña Frustracia le comentó a la vecina del 14: “Antes mi marido se fumaba un cigarro entre acto y acto. Ahora entre acto y acto se fuma 300 cajetillas”. Perder el trabajo es como enfermarse. Lo sé porque una vez yo perdí el mío, y de no haber sido por la amada eterna, que me confortó y me dio ánimos, me habría hundido en un abismo de desesperación. Perdonen mis cuatro lectores esa expansión melodramática. Sucede que fui actor en obras como “La mujer X”, “Mancha que limpia” y “La jaula de la leona”, y soy dado todavía a ese tipo de hiperbólicos excesos. Los poderosos no miden el alcance y consecuencias de sus órdenes, y las dictan sin considerar la suerte de aquellos a quienes sus medidas dañarán. Las desatentadas acciones del simiesco Trump han sido causa de que miles de trabajadores de las plantas automotrices cercanas a mi ciudad, Saltillo, hayan perdido sus empleos. He aquí una razón más para execrar a ese prepotente individuo, que también en el segundo piso de su mandato -¿dónde he oído eso?- está atropellando la legalidad y socavando los cimientos de la democracia -¿dónde he oído eso?-. El mundo está revuelto y en suspenso por culpa de ese baladrón impredecible y caprichoso. Por él sufren angustia y penalidades incontables seres humanos, a cuyo número debe sumarse el de los obreros y empleados que en mi comarca han sido despedidos de su trabajo debido a los ucases del actual ocupante de la Casa Blanca. Un momentito, por favor. Voy a ver qué es eso de “ucases”. Define el diccionario: “Ucase: Orden gubernativa injusta y tiránica. Mandato arbitrario y tajante”. Después de esa definición nada me queda por decir. Los recién casados mostraban visibles síntomas de agotamiento. Desde luego él se veía más cansado que ella, pues bien dice don Abundio el del Potrero: “No es lo mesmo dar que recebir”. Fueron a la consulta de un facultativo que al parecer tenía buen ojo clínico, pues de inmediato dio con la causa del problema. Les preguntó: “¿Cuántas veces en la semana hacen el amor?”. Respondió con orgullo el desposado: “Todos los días, y en ocasiones dos veces al día, y hasta tres”. “Envidiable récord -lo felicitó el galeno-, pero peligroso tanto para usted como para su esposa. En adelante tengan sexo únicamente dos días en la semana, los que comienzan con la letra M. Y solamente una vez, como dijo el maestro Lara”. Era jueves cuando el doctor les prescribió tal cosa, de modo que el cachondo galán, si me es permitido ese adjetivo plebeo, se enfrentó a una penosa continencia de cinco días antes de la llegada del martes. El domingo ya no se pudo contener, y eso que era el día del Señor. En el lecho conyugal se acercó a su mujercita con intención evidentemente erótica. Le dijo ella: “Hoy no podemos hacerlo”. Replicó él: “¿Qué no es momingo?”. Y, lo diré con otra expresión del vulgo, ¡ñácatelas!... FIN.

MIRADOR.

Por Armando FUENTES AGUIRRE.

John Dee, alquimista, tuvo la inmensa fortuna de hallar por fin la piedra filosofal, mágica sustancia a cuyo toque todo se convertía en oro.

Esa fortuna fue su mayor desgracia. Se volvió soberbio, avaricioso. Dejó a los amigos verdaderos que tenía y se allegó un centenar de amigos falsos. Las mujeres lo buscaron no por lo que era, sino por lo rico que era. Perdió el sueño, que antes encontraba sin dificultad. Temía que le robaran la tal piedra. Dejó casi de comer: Pensaba que lo iban a envenenar para quitársela.

Supo que si seguía así iba a morir. Un día se decidió. Tomó la piedra filosofal y la arrojó al mar. Luego entregó a los pobres todo lo que tenía. Dejó únicamente lo necesario para no ser pobre él también.

Esto que he relatado parece prédica moral. Una de las desdichas de quien llega a la mayor edad consiste en volverse moralista. Nadie haga caso, entonces, de la moraleja. Quien quiera poseer la piedra filosofal búsquela. Yo ya he dicho dónde está: En el fondo del mar.

¡Hasta mañana!

MANGANITAS.

Por AFA

“Choque de trenes en España”.

Del suceso me enteré

y pensé: “¡Dios los proteja!

¿Qué allá también los maneja

gente de la 4T?“.