Edición México
Suscríbete
Ed. México

El Imparcial / Columnas /

Todos vivimos con máscaras, hasta que un día ya no alcanzan

Todos nacemos dentro de un relato que no escribimos. Una familia, una herencia, un miedo, una expectativa. Y para poder vivir dentro de ese guion, aprendemos a usar máscaras.

Juan Tonelli

Historias demasiado humanas

Paris Jackson tenía 11 años cuando por primera vez se sacó la máscara ante el mundo.

Ocurrió frente al féretro de oro donde yacía su padre, Michael Jackson, con millones de personas mirando. Hasta ese día, casi nadie conocía su rostro.

Michael había criado a sus hijos ocultos tras máscaras estrafalarias, velos, pañuelos. Era una puesta en escena bastante excéntrica, pero también era miedo. Pánico a las enfermedades, a los fotógrafos, a los secuestros.

Ese miedo organizó la infancia de Paris. No iba al colegio, no jugaba con otros chicos, rara vez era fotografiada. El mundo era una amenaza y la máscara, una frontera. Una forma de cuidado que también fue encierro.

Cuando Paris habló en el funeral, con esa voz todavía infantil diciendo que su papá había sido el mejor padre del mundo, quedó expuesto algo más que una nena. Por primera vez, el cuerpo real detrás del mito aparecía sin protección. Fue un momento crítico: La máscara ya no tenía sentido cuando aquello que debía protegerla había desaparecido.

Recuerdo haber visto ese funeral por televisión. No sé exactamente a dónde estaba, pero sí lo que sentí: Una incomodidad difícil de nombrar. No era sólo shock por la muerte de Michael Jackson. Era la sensación de estar presenciando una intemperie prematura. Como si alguien hubiera quedado demasiado a la vista, demasiado pronto, sin haber elegido todavía quién ser.

Con el tiempo, la historia de Paris fue sumando capas. Adicciones, autolesiones, un intento de suicidio a los 15 años. Una identidad construida a partir de un guión heredado, un libreto casi esquizofrénico: Su padre insistía en decirle que era negra, que debía estar orgullosa de sus raíces afroamericanas, algo que él mismo había rechazado durante toda la vida con las mil cirugías que tuvo para tener cabello lacio o cutis claro.

Por otra parte, imagino el desconcierto de esa chiquita observando un espejo que le devolvía una imagen rubia y de ojos azules. ¿Cómo ser leal a los mandatos de quien más amaba si su propio cuerpo mostraba otra cosa?

Ahí entendí algo que va más allá de esta historia tristemente célebre. Todos nacemos dentro de un relato que no escribimos. Una familia, una herencia, un miedo, una expectativa. Y para poder vivir dentro de ese guion, aprendemos a usar máscaras. A veces nos las ponen. Con frecuencia las aceptamos. En algunos casos las defendemos como si fueran parte de nuestra piel. Y en otros casos nosotros mismos las diseñamos.

Las máscaras no sólo engañan; también protegen. Nos cuidan del afuera, del juicio, del dolor. Pero también pesan. Y llega un momento -no siempre claro, no siempre elegido- en el que dejan de cumplir su función y empiezan a asfixiar.

La vida de Paris Jackson parece marcada por ese doble trauma: El de haber crecido escondida y el de tener que aprender a mostrarse sin saber todavía quién era. Sacarse la máscara no resolvió nada de inmediato. Pero abrió una hendija por donde empezó a entrar aire.

Vuelvo mentalmente a esa escena del funeral. Una nena hablando en público, sin disfraz, sin refugio, con una tristeza que no podía actuar. Y pienso que a todos nos toca atravesar momentos así, aunque sean algo más chico, más íntimo, menos televisado. Es cuando en un instante sentimos que algo se cae y ya no podemos seguir siendo exactamente quienes veníamos siendo.

Por lo general, no es un acto de valentía si no una consecuencia. La máscara se cae cuando ya no alcanza, o cuando se volvió tremendamente pesada, imposible de seguir llevando.

Paris Jackson siguió buscando, equivocándose, probando formas de ser para sobrevivir a su herencia. Tal vez crecer no sea encontrar una identidad definitiva, sino animarse a habitar esa intemperie sin volver corriendo al personaje conocido.

La historia vuelve entonces a ella, a esa nena de 11 años frente a un mundo hostil que recién la veía, y deja una pregunta incómoda: ¿Cuánto de lo que mostramos hoy nos protege de verdad y cuánto nos sigue sirviendo para escondernos de nosotros mismos?

Juan Tonelli

Autor de “Un elefante en la habitación”, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar. Conferencista.

www.youtube.com/juantonelli

Sigue nuestro canal de WhatsApp

Recibe las noticias más importantes del día. Da click aquí