Enjaulados
Hoy, con la reforma electoral que plantea la presidenta Claudia Sheinbaum, estamos frente a una regresión masiva. No una corrección o mejora. Es una vuelta al país que ya conocimos.

Denise Dresser
Crecí en un país donde no había credencial de elector confiable, tinta indeleble, padrón auditado ni funcionarios ciudadanos de casilla. Crecí en un México donde el voto no era plenamente libre, donde la privacidad en la urna no estaba garantizada y donde el partido en el poder no podía perder. Crecí en un lugar sin alternancia, sin competencia real, con elecciones organizadas por el Gobierno y para el Gobierno. Fue hasta los años noventa, después de largas luchas ciudadanas, presiones partidistas, movilización social y reformas graduales, que empezó a construirse otro régimen. Imperfecto y con vicios, pero con algo fundamental: La posibilidad real de que el poder cambiara de manos, el requisito mínimo de cualquier democracia.
Hoy, con la reforma electoral que plantea la presidenta Claudia Sheinbaum, estamos frente a una regresión masiva. No una corrección o mejora. Es una vuelta al país que ya conocimos. “Un regreso a la jaula”, como lo ha afirmado Roger Bartra. Hoy es imposible conocer el contenido exacto de la iniciativa. Pero tras siete años de erosión institucional, el patrón es claro. Esta reforma no nace de la preocupación por fortalecer la competencia, sino del impulso por administrarla. No busca ampliar libertades, sino dosificarlas. Las jaulas modernas se presentan como reformas técnicas, como ahorros necesarios, como gestos de “democratización”. No lo digo sólo yo. Integralia Consultores ha advertido que la reforma electoral es el principal riesgo político de 2026, no sólo por su alta probabilidad, sino porque su impacto puede durar décadas. Las reformas de los noventa abrieron el sistema: Más competencia, más pluralismo, más equidad. Una mala reforma puede hacer exactamente lo contrario: Cerrar la puerta, engrosar los barrotes y normalizar el encierro. Eso tiene nombre: Autocratización electoral.
El corazón del problema está en la autonomía. El oficialismo insiste en que el INE puede tener “independencia”, pero no autonomía. Es como decir: Puedes decidir libremente, siempre y cuando yo controle tu presupuesto, tu estructura y tu supervivencia. La autonomía constitucional conquistada en 1996 no fue un lujo tecnocrático; fue el mecanismo que separó al árbitro del jugador. Sin ella, el árbitro se vuelve vulnerable. Se convierte en una oficina más del Gobierno. Y cuando el Gobierno organiza las elecciones, el Gobierno siempre gana.
El discurso del ahorro es la gran coartada. Reducir el costo de las elecciones. Bajar el financiamiento a los partidos. Eliminar plurinominales. Todo suena popular. Todo es profundamente engañoso. El INE cuesta alrededor de 14 mil millones de pesos al año. Pemex recibió en 2025 casi 400 mil millones en apoyos. El sistema electoral completo se paga con días -no años- de rescates a una empresa quebrada. El problema no es fiscal. Es político. El dinero es el pretexto; el control es el objetivo.
Hay además un gran ausente en esta reforma: El crimen organizado. Entre un tercio y casi la mitad del territorio municipal está hoy bajo control criminal. Ahí no hay voto libre: Hay voto condicionado, amenazado o comprado. Hay candidatos asesinados y campañas secuestradas. No puede haber reforma electoral seria si no se protege el voto en esos territorios.
Esta reforma no viene a corregir excesos ni a perfeccionar la democracia. Viene a domesticarla. Es el regreso al primorenismo: Un poder que se eterniza, un árbitro dócil, una oposición permitida sólo hasta donde no incomode y elecciones diseñadas para no alterar al poder. Democracia como escenografía. Competencia como trámite. Y sí, hay traición. Morena no traiciona sólo en nombre de la austeridad. Traiciona en nombre de la “gobernabilidad”, de la “voluntad popular”, del pueblo convertido en dogma, del desprecio a los contrapesos y de la idea peligrosa de que ganar elecciones autoriza a vaciar la democracia. Está desmontando, pieza por pieza, las instituciones que defendió cuando fue oposición. Hoy, ya instalado en el poder, patea la escalera por la que subió y cambia las cerraduras.
La jaula no se impone con grilletes visibles ni con tanques en la calle. Se construye con leyes aparentemente técnicas, con discursos tranquilizadores y con mayorías que confunden fuerza con legitimidad. Barrote a barrote. Cerrojazo a cerrojazo. Y cuando se escucha el golpe seco de la puerta, ya no hay retórica que la vuelva a abrir. México ya conoce ese sonido. Sabe cuánto cuesta salir. Y si vuelve a entrar a la jaula, no será por ignorancia, sino por haber permitido -una vez más- que el poder la cerrara en su nombre.
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