Otro año de estancamiento económico
Estamos entrando al octavo año de la 4T. ¿Será que, de nuevo, no habrá crecimiento económico?

Juegos de poder
En este espacio he argumentado que el Talón de Aquiles de la llamada “Cuarta Transformación” es la economía. Ni el Gobierno de López Obrador ni el de Sheinbaum han logrado crecimiento económico. Ya cumplimos siete años con un Producto Interno Bruto (PIB) estancado y, medido en PIB per cápita, incluso a la baja.
Estamos entrando al octavo año de la 4T. ¿Será que, de nuevo, no habrá crecimiento económico?
Los pronósticos no son halagüeños.
En la última “Encuesta sobre las Expectativas de los Especialistas en Economía del Sector Privado” que levanta el Banco de México, publicada en diciembre pasado, se pronostica un crecimiento del PIB en 2026 de 1.2%. Sí, mejor que en 2025 que terminará por ahí de 0.3%, pero todavía escaso.
Recordemos cómo todo mundo se quejaba, incluyendo los morenistas, del mediocre crecimiento del periodo neoliberal que rondaba el 2% anual. Ese porcentaje ahora parece oro molido en términos comparados a lo que hemos tenido con la 4T.
Si la economía no crece, no podrá seguirse redistribuyendo el ingreso y sacando a mexicanos de la pobreza. De hecho, se corre el riesgo de que ocurra lo contrario, es decir, que más personas pasen a ser pobres y el ingreso se concentre en las clases más adineradas.
Sin crecimiento, el Gobierno cada vez tendrá menos dinero para sus programas sociales. Programas que son como una bola de nieve: Cada vez requieren más recursos para sostenerse en la medida en que, por un lado, la población envejece y, por el otro, la gente demanda más dinero para seguir apoyando políticamente al partido gobernante.
Como socio de todos los negocios del País (se lleva una tajada de los ingresos de las personas físicas y morales por medio de los impuestos), el Gobierno debería ser el más interesado en que la economía crezca. Para tal efecto, debe crear un ambiente que incentive la inversión privada.
Y ahí está el problema de la 4T: Más que incentivar, desincentivan que la gente con dinero (poco o mucho) invierta en el País.
Para empezar, no ofrecen garantías jurídicas a la iniciativa privada.
En su afán por concentrar cada vez más el poder, desmantelaron las instituciones que daban certeza a los agentes económicos. Ya no hay organismos autónomos. El nuevo Poder Judicial, el de los acordeones, genera desconfianza entre los empresarios.
El estado de Derecho, que de por sí nunca ha sido sólido en nuestro País, hoy se encuentra muy debilitado. Esto eleva el riesgo de invertir en México y los costos de transacción para la economía.
Agréguese en este tema las modificaciones que se hicieron a la Ley de Amparo y los límites para defenderse en controversias fiscales entre los contribuyentes y el SAT.
Ahora se anunciará una nueva reforma electoral que concentrará aún más el poder.
En este espacio he denominado a este fenómeno como un “Estado gandalla”. Un Estado que tiene cada vez más instrumentos para aprovecharse de los ciudadanos y apropiarse de sus recursos de manera artera.
Los empresarios no son tontos. En un contexto así, prefieren sacar su dinero e invertirlo en el extranjero donde, por cierto, sí hay oportunidades de hacer buenos negocios.
Al gandallismo del Estado hay que sumar el gandallismo del crimen organizado.
La inseguridad también desincentiva la inversión y aumenta los costos de operar un negocio. Tan sólo hay que ver la gran cantidad de patrullas privadas que circulan por las carreteras para proteger a los camiones de carga. Ni se diga de la queja constante de los empresarios acerca de las extorsiones cotidianas. Mientras el Estado no resuelva el problema de la inseguridad, no se reactivará el apetito por invertir en México.
No ayuda, tampoco, la falta de inversión pública ni la mala administración del Gobierno de la CFE y Pemex. En muchos lugares no hay electricidad para crecer la planta productiva. En el caso de la petrolera, no paga a sus proveedores, muchos de los cuales se han ido a la bancarrota arrastrando a otros negocios a la misma situación.
Súmese a este contexto las crecientes cargas fiscales y regulatorias de un Gobierno estatista. Las empresas tienen que pagar cada vez más impuestos y dedicar más recursos para cumplir con reglas, algunas francamente absurdas. Ser un negocio formal en México es una monserga. Los incentivos están diseñados para irse a la informalidad.
Todo indica, por desgracia, que en el octavo año de la 4T seguirá el estancamiento de la economía. Es cierto, no ayuda nada la incertidumbre que causa el proteccionismo comercial de Trump. Pero hoy los factores internos son los que más frenan el crecimiento económico en México.
Leo Zuckermann
X: @leozuckermann
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