Aquí sólo mis chicharrones truenan
Donald Trump no se anda con rodeos. Si algo se le puede agradecer al Presidente de Estados Unidos es su transparencia. Hace lo que dice y dice lo que piensa.

Juegos de poder
Donald Trump no se anda con rodeos. Si algo se le puede agradecer al Presidente de Estados Unidos es su transparencia. Hace lo que dice y dice lo que piensa.
La operación militar que ordenó en Venezuela para capturar a Nicolás Maduro la llevó a cabo para quedarse con el control del petróleo venezolano. Ni el finado Dick Cheney, quien fue director ejecutivo de la petrolera Halliburton y luego vicepresidente con Bush hijo, se atrevió a ser tan franco sobre las intenciones económicas de Estados Unidos en la invasión a Iraq. Con cierto pudor, los políticos estadounidenses siempre adornaban sus verdaderas intenciones imperialistas.
Trump, no.
Trump quiere quedarse con el control del Continente Americano, que visualiza como la esfera natural de influencia de su país, sacando a los chinos y rusos de la región. En el Hemisferio Occidental debe dominar Estados Unidos aprovechándose de los recursos naturales que ofrece esta zona. Para tal efecto, ha recuperado al añeja Doctrina Monroe de “América para los estadounidenses” rebautizándola como la “Doctrina Donroe”.
Estados Unidos utilizará su fuerza económica, tecnológica y militar para dominar su esfera de influencia. En el continente no quiere estados soberanos sino “estados clientes”, es decir, países que trabajen para los intereses de Washington.
En Venezuela han dejado a una Presidenta con la instrucción de entregarles millones de barriles de petróleo. Delcy Rodríguez, que ayer se desgañitaba en contra del “imperialismo yanqui” como buen cuadro bolivariano, al parecer acatará el mandato de los yanquis para no terminar como Maduro en una cárcel neoyorquina.
Empoderado por lo de Venezuela, Trump quiere que Dinamarca le venda Groenlandia para agregarla como parte de su territorio nacional, que Canadá se integre como el estado 51 de la Unión Americana, que México deje de ser un país controlado por el crimen organizado y que los demás países del continente hagan lo que él dicte.
Pretende ser el amo y señor de nuestro hemisferio. Ésa es la principal consigna de la “Doctrina Donroe”.
De esta forma, Trump se ha convertido en la caricatura del imperialismo yanqui típica de un monero de La Jornada. El Tío Sam capitalista a ultranza, codicioso, que subyuga a los débiles del continente con su enorme poderío militar.
De repente, el estereotipo se hizo realidad.
Que los rusos se queden y controlen su esfera de influencia natural que es Europa del Este. Que los chinos hagan lo propio en Asia. Que el mundo se lo dividan las tres potencias nucleares utilizando su fuerza militar. “Así ha sido históricamente”, justifica Stephen Miller, el asesor estrella de Trump. Lo único que puede limitar mi poder es “mi moral”, argumenta el Presidente. No me vengan con contrapesos internos ni con leyes internacionales. Aquí sólo mis chicharrones truenan.
Repito, se agradece la sinceridad del presidente de Estados Unidos. Ya no hay barnices ni maquillajes. Lo que hay es realpolitik bismarckiana que prioriza los intereses nacionales de Estados Unidos sobre cualquier idealismo, moral o ideología. Realismo puro y duro en las relaciones internacionales.
Y resulta que nuestro país es el vecino de la super potencia que quiere dominar al continente americano avasallándolo.
No soy de los que piensa que no podamos hacer nada al respecto. Tampoco de los que ya se están envolviendo en la Bandera lanzando consignas nacionalistas grotescas. No. México debe comportarse como un país serio que se encuentra amenazado por su vecino y principal socio comercial. Para tal efecto, el Gobierno mexicano debe desarrollar una estrategia bien pensada de qué hacer frente a la estrategia de Trump.
No se trata de claudicar frente a los intereses estadounidenses sino de saber jugar en el nuevo tablero internacional que se está desarrollando.
México no es un país impotente. Es cierto que hay una enorme asimetría en el poder que tenemos frente a Estados Unidos. Pero también es cierto que tenemos fichas para jugar.
Hasta ahora, la presidenta Sheinbaum ha capoteado bien a Trump. Sin embargo, su respuesta ha sido más reactiva que proactiva. Es hora, me parece, de que el Gobierno desarrolle precisamente una estrategia de corto, mediano y largo plazo para enfrentarse a la visión de realpolitik de nuestro vecino.
¿Cómo nos conviene jugar con las fichas que sí tenemos?
Ya sabemos lo que pretende Trump: Que sólo sus chicharrones truenen. Más allá de palabras bonitas como “soberanía” o “cooperación”, ¿qué queremos nosotros, los mexicanos, en este nuevo contexto chicharronero?
Leo Zuckermann
X: @leozuckermann
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