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Pemex: Ineptitud y corrupción

En toda la historia empresarial de México ninguna empresa ha sido tan mal administrada como Pemex.

. Catón

De política y cosas peores

Es triste la historia de don Leto, pero la contaré porque el día amaneció nublado. Aunque sus padres fueron pobres él llegó a tener fortuna. A base de trabajo tesonero se hizo dueño de un próspero negocio, una tienda especializada en telas de la cual había sido dependiente. También su hijo fue fruto del esfuerzo, pero del esfuerzo de su papá. El muchacho estudió administración de empresas -de herencias, decían algunos- en una institución fifí de educación privada (privada de educación). Al día siguiente de recibir su título -12 años tardó en obtenerlo- el muchacho habló con su padre sobre el destino de la tienda. “Apá -le dijo-, usté ya está muy grande, y no sabe nada de las modernas técnicas administrativas. A partir de mañana ya no vaya a la tienda. Yo la manejaré”. Se resignó don Leto a la forzada jubilación que le imponía el flamante licenciado, pero aquella mañana sintió el irresistible impulso de ir al negocio. Ya lo dice un refrán de pueblo: “Las veredas quitarán, pero la querencia cuándo”. Y sucedió que no pudo ni acercarse a la tienda. Había frente a ella una enorme multitud de gente que luchaba por entrar. A duras penas pudo llegar el señor hasta la puerta. Ahí vio un gran letrero que le explicó lo de la muchedumbre. Decía: “¡Ofertón de Año Nuevo! ¡Todas las existencias a un peso el metro!”. Espantado se abrió paso a empujones y codazos y entró al local. Ahí centenares de mujeres y hombres se arrebataban la mercancía: Casimires de lujo; sedas caras; terciopelos y brocados de alto precio. Después de mucho batallar llegó don Leto hasta donde estaba su hijo. El muchacho, le dijo, feliz y orgulloso: “¡Mire nomás, apá! ¿Cuándo llegó usté a tener tantos clientes?”. “Pero, hijo -acertó a balbucir el señor-. Todas las telas valen más de mil pesos el metro, y tú las das a peso. ¡Quedaremos arruinados!”. “No, apá -replicó el muchacho muy tranquilo-. Espérese a que lleguen a los hilos. Ahí nos desquitaremos”. En toda la historia empresarial de México ninguna empresa ha sido tan mal administrada como Pemex. Sus oficinas han alojado siempre a dos funestas moradoras: La ineptitud y la corrupción. No es cierto que el petróleo sea nuestro, según decía un decantado eslogan. El régimen que se ha apoderado de México se ha apropiado también de ese recurso, del cual los detentadores del poder han hecho su botín sin rendir cuentas a nadie de su uso. La perniciosa y funesta 4T le regala ingentes cantidades de barriles de petróleo a Cuba, pese a que ese bien no le pertenece al Gobierno, sino a los ciudadanos, quienes con toda justicia pueden llamarse a robados por esa cáfila de malos mexicanos que ponen sus obsoletos dogmas y sus dañosas simpatías por encima del bien nacional. “Muina”, decimos en México por decir “mohína”, palabra que significa enojo, disgusto o tristeza. Seguiré hablando de este feo asunto cuando se me pase la muina. Antes procuraré atenuarla con el relato de un par de historietillas picarescas. Aquellos casados se iban a divorciar, y ambos querían quedarse con el único hijo que tenían. Arguyó la esposa: “El niño es mío. Yo lo eché al mundo”. Razonó el marido: “Si le pongo unas monedas a la máquina, y echa el refresco, ¿el refresco es mío o de la máquina?”. (El hombre era sofista, a más de ser machista). Pitorrango subió al automóvil de su novia, y ciego de pasión se lanzó sobre ella. Le dijo: “¡Ya quiero desnudarte, besarte y acariciarte toda, como anoche!”. Ella lo detuvo: “Espera, Pito, espera”. Preguntó él: “¿A que lleguemos al motel?”. “No -precisó la chica-. A que deje a mis papás en su casa. Están en el asiento de atrás”. FIN.

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