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Cayó Maduro, ¿y ahora qué?

¿Qué pasaría si a China, por ejemplo, se le ocurre invadir Taiwán? ¿Con qué cara les puede decir Trump que no lo hagan?

Jorge  Ramos

MIAMI.- El Arepazo estaba a reventar. Es el restaurante en la zona de Miami conocida como “Doralzuela”, donde viven miles de venezolanos en el exilio y que es el lugar de reunión cada vez que algo importante ocurre en Venezuela. “Somos libres”, gritaban muchos, “cayó Maduro”. Otros lloraban ante la posibilidad de regresar a Venezuela y ver, por primera vez en años, a sus familiares y amigos. Algunos insultaban a la madre del ahora ex dictador y, de pronto, frente a autos pitando el claxon, surgía espontáneamente un masivo coro entonando el himno nacional del país donde nacieron.

El ambiente era de fiesta. El tirano había caído, y era el momento de celebrar.

Los ojos rojos de muchos de los manifestantes contaban la historia que una madrugada de telefonazos y de informaciones inciertas. Sus familiares les hablaban desde Caracas. Que hay aviones militares sobrevolando la ciudad; que se oyen explosiones; que no sabemos lo que está pasando.

Horas después, pasada la puesta del Sol, el propio presidente Donald Trump confirmaba desde su resort en Mar-a-Lago en Florida que el dictador venezolano había sido capturado y arrestado junto a su esposa, Cilia Flores, en su dormitorio de Fuerte Tiuna. Según la versión oficial, los agarraron durmiendo, y antes de que se pudieran esconder en un bunker con puerta reforzada de metal. En su red de Truth Social, el presidente estadounidense publicó una foto de Maduro esposado de manos y pies, y con unos lentes que le impedían ver, dentro del buque de guerra USS Iwo Jima. Terminaban así casi 13 años desde que heredó el poder del moribundo Hugo Chávez.

En la agresiva y arriesgada operación militar no murió ningún estadounidense ni se perdió ningún helicóptero o avión. Pero como siempre ocurre después de tumbar a un dictador de su silla, lo difícil viene después.

En América Latina han surgido voces muy críticas que se oponen a este tipo de operaciones militares que recuerdan los cruentos años del expansivo imperialismo gringo en el continente. Venezuela, sin duda, estará mejor sin Maduro. Pero la operación ordenada por Trump no fue autorizada por el Congreso en Washington (como dice la ley), viola todas las reglas internacionales y les abre el camino a otras superpotencias a hacer lo mismo. ¿Qué pasaría si a China, por ejemplo, se le ocurre invadir Taiwán? ¿Con qué cara les puede decir Trump que no lo hagan?

Lo más preocupante viene ahora. Trump anunció en una conferencia de prensa que Estados Unidos gobernaría Venezuela (“run” es la palabra que usó en inglés). El secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth, formarían parte de un selecto grupo, aún no designado, que se encargaría de la transición democrática en Venezuela y en administrar sus recursos petroleros. Pero lo que no quedó claro en la conferencia de prensa fue un supuesto arreglo de Estados Unidos con la vicepresidenta, Delcy Rodríguez, para cogobernar Venezuela.

Si eso fuera así, lo que vimos el pasado fin de semana fue un arresto del dictador, pero no un cambio de régimen. Delcy Rodríguez, su temible hermano y presidente de la asamblea, Jorge Rodríguez, el vengativo y peligroso Diosdado Cabello, y el hipócrita ministro de Defensa, Vladimir Padrino, son parte de una corrupta y asesina camarilla. Si ellos de alguna manera se quedan en el poder, las cosas no van a cambiar en Venezuela.

Eso explica el silencio, el temor y la ausencia total de manifestaciones en Venezuela tras la caída de Maduro. Conversé con una corresponsal internacional en Caracas, y ella no pudo conseguir una sola declaración de los aterrados ciudadanos que hacían fila en una de las pocas farmacias abiertas en la ciudad.

También me preocupó mucho que en la conferencia de prensa, Trump maltratara a la lideresa de la oposición venezolana, María Corina Machado. Trump dijo que ella no tenía el apoyo y el respeto de la mayoría de los venezolanos. Se equivoca. Quizás Trump le envidia el premio Nobel de la Paz que acaba de ganar ella, y que él perdió. Pero si alguien ha luchado y arriesgado su vida por Venezuela, es ella. Tarde o temprano, María Corina será presidenta de Venezuela.

Mientras tanto, ningún proceso de transición en Venezuela debería realizarse sin Edmundo González Urrutia, el ganador de las pasadas elecciones y presidente legítimo del país. Pero quienquiera que sea, gobernar a la nueva Venezuela será un reto gigantesco. Desde 1999 la sociedad venezolana ha sido influenciada y cooptada por el régimen chavista. Nada se mueve en las industrias, en los medios y en la sociedad civil sin su autorización, chantaje o visto bueno. El chavismo se ha convertido en una forma de vida para millones de personas por un cuarto de siglo y eso no se borra mágicamente con un nuevo líder.

Además, un nuevo gobierno tendría que lidiar con el regreso de muchos de los 8 millones de venezolanos que han abandonado el país y, sobre todo, con la tentación de acusar, arrestar y enjuiciar a los responsables de crímenes y abusos durante la dictadura. Cualquier período de transición requerirá de una estrategia para unir al país, y evitar venganzas y derramamiento de sangre. Sudáfrica y Nelson Mandela, tras el fin del apartheid, nos enseñaron que sí se puede reconciliar a un país y no caer en la violencia cíclica. Pero aun es muy pronto para saber si Venezuela tomará ese camino.

La imagen de Maduro, cansado y encadenado, bajando lentamente las escaleras de un avión cerca de su nueva cárcel en Nueva York, es el anuncio del cambio. Durante 27 años los venezolanos esperaron el fin del abusivo y criminal régimen chavista. Y cada vez, con la esperanza desinflada, tuvieron que guardar los tambores de la fiesta.

Esta vez, en El Arepazo, esos tambores sonaron, y sonaron duro.

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