Sugar Ray Leonard: Cuando el éxito sólo sirve para tapar el dolor
Cuando el trauma te asalta en el lugar donde deberías estar protegido, el resto de tu vida se convierte en una búsqueda desesperada de un territorio con reglas.

Historias demasiado humanas
Mi ídolo no era un hombre, era un cirujano con guantes de doce onzas. Sugar Ray Leonard se movía en el ring con una elegancia inhumana; era inteligente, preciso, un estratega que parecía tener el control total de un universo donde el único objetivo era matarse a golpes. Para mí, que crecí admirando su velocidad, Leonard era la prueba de que se podía enfrentar el conflicto con gracia. Pero detrás de su sonrisa perfecta y su juego de piernas, se escondía una paradoja que sólo los heridos pueden comprender: Leonard amaba el ring porque allí, a diferencia de la vida, había reglas.
En el cuadrilátero hay un réferi, un límite de tiempo y una ley sagrada: No se puede pegar bajo la cintura. Hay un orden dentro del caos, dentro de la guerra. Muchos años después de haberse retirado, Leonard confesó años que ese cuadrado de lona era el único lugar donde se sentía seguro, porque sabía exactamente de dónde vendría el ataque. Fuera del ring, en la penumbra de su infancia, el enemigo no usaba guantes ni respetaba campanas. El abuso infantil que sufrió fue un combate sin árbitros, una emboscada donde no hubo nadie que detuviera la pelea cuando el dolor era insoportable. Cuando el trauma te asalta en el lugar donde deberías estar protegido, el resto de tu vida se convierte en una búsqueda desesperada de un territorio con reglas.
Yo también he buscado mis propios rings. He buscado lugares -el trabajo frenético, la ambición delirante, el perfeccionismo agotador- donde sentía que tenía el control, sólo para no mirar lo que había quedado roto en el sótano de la memoria. Sin ser del todo conscientes, usamos el éxito como un analgésico potente. Sugar Ray usó la fama y, cuando la fama no alcanzó para tapar los gritos internos, usó el alcohol y las drogas. Porque cuando los aplausos se apagan y las luces del estadio se van, te quedas a solas con ese niño que nadie defendió. Y ahí sí que no hay escapatoria.
La adicción de Leonard no era sólo a las sustancias, sino a la sensación de dominio que le daba el boxeo. Por eso regresó una y otra vez, incluso contra toda lógica médica. Le diagnosticaron un desprendimiento de retina; los médicos le advirtieron que un golpe más podría dejarlo ciego para siempre. Pero, ¿qué es la ceguera física comparada con la oscuridad de enfrentarse a uno mismo? Prefirió arriesgar sus ojos antes que perder el único lugar en donde sentía que podía defenderse.
Sus primeros regresos fueron gloriosos, gestas heroicas que alimentaron el mito del guerrero invencible. Pero los últimos fueron penosos, sombras de un hombre arrastrándose en un lugar que la vida había dejado atrás y sólo él se negaba a ver. Fue necesario ese ocaso cruel, ese verse vulnerable y humillado bajo las luces, para que no le quedara más remedio que bajar la guardia. Sólo cuando el ring dejó de funcionar como refugio, Leonard tuvo que enfrentar la pelea que venía postergando desde sus seis años.
Pienso que muchos de los que hoy corren detrás de un ascenso o de un control obsesivo sobre su entorno, no están buscando gloria, sino una tregua con su pasado. No hablo sólo de traumas mayores; hablo de esa necesidad de ser “el mejor” para que nadie note que estamos rotos. Pero el trauma tiene una paciencia infinita. Nos espera todo el tiempo que sea necesario y nos ataca justo cuando creíamos que le habíamos ganado.
¿De qué sirve conquistar el mundo entero si seguimos siendo esclavos de lo que nos pasó cuando no teníamos voz? ¿Cuántas veces nos escondemos detrás de nuestro talento para evitar la intemperie de nuestra propia historia? Al final, la verdadera victoria no tiene que ver con ser exitosos, sino con atrevernos a enfrentar lo que el éxito tapó. Ser capaces de mirar de frente a quienes realmente somos, más allá de nuestras máscaras y personajes. ¿Y tú? ¿Eres capaz de hacerlo, o sigues huyendo de ti mismo?
Juan Tonelli
Autor de “Un elefante en la habitación”, historias sobre lo que sentimos y no nos animamos a hablar. Conferencista.
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