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Petroimperio

Trump no actuó movido por la libertad, la justicia ni el sufrimiento de los venezolanos. Actuó por petróleo y por poder.

Denise Dresser

IDEAS Y PALABRAS

Lo ocurrido en Venezuela no es una operación quirúrgica para rescatar la democracia. Es un regreso sin ambages al imperialismo petrolero que América Latina conoce demasiado bien. Donald Trump no actuó movido por la libertad, la justicia ni el sufrimiento de los venezolanos. Actuó por petróleo y por poder.

Desde la Casa Blanca no se ha tenido pudor alguno. Trump declaró que Estados Unidos controlará Venezuela durante un periodo indefinido y que recuperará sus intereses petroleros. No habló de acompañar una transición democrática, sino de administrar un botín.

Venezuela posee 303 mil millones de barriles de petróleo, alrededor de 17% de las reservas probadas del mundo, más que Arabia Saudita. A precios actuales -alrededor de 57 dólares por barril- ese petróleo vale 17.3 billones de dólares. Incluso vendiéndolo a la mitad de su valor, seguiría siendo una riqueza cercana a 8.7 billones: Más que el PIB de cualquier país del mundo, salvo Estados Unidos y China.

El secuestro de Maduro es saqueo con discurso geopolítico. Trump jamás ha ocultado su obsesión. Desde hace años repite: “Take the oil”. Las acusaciones de narcotráfico, las violaciones a derechos humanos o la migración sirven como pretextos. Instrumentos retóricos.

Lo central es el petróleo y la posibilidad de imponer un gobierno más maleable a los intereses estadounidenses, a los de Trump, su familia, sus aliados y el capitalismo de cuates que lo rodea.

Por eso conviene no engañarse. La captura de Nicolás Maduro no garantiza una transición democrática. El problema venezolano nunca fue solo el hombre en la cima, sino la arquitectura del poder construida por el chavismo y perfeccionada bajo Maduro: Una cleptocracia armada, sostenida por redes de corrupción, lealtades compradas y fragmentación deliberada del Estado.

Cambiar al dictador no desmantela el sistema, y menos cuando quien impulsa el cambio es otro autócrata. Por eso Trump descarta sin titubeos a María Corina Machado, y a la oposición política venezolana.

Trump nunca confió en una líder con legitimidad democrática propia. Prefiere a la vicepresidenta Delcy Rodríguez, pieza central del chavismo, a quien funcionarios estadounidenses describen como “profesional” y “confiable”. Confiable, es decir, negociable.

Aquí encaja con precisión lo que describe Anne Applebaum en Autocracy, Inc.: las autocracias contemporáneas no sobreviven aisladas, sino a través de redes transnacionales de intereses, protección mutua y negocios sucios. Trump no busca desmontar ese sistema; busca insertarse en él.

Sustituir una cleptocracia hostil por otra subordinada. Cambiar a Maduro por alguien dispuesto a garantizar concesiones petroleras y un protectorado económico de facto.

No está claro que Rodríguez acepte ese pacto. Sí es evidente que alguien dentro del Ejército traicionó a Maduro y vendió su ubicación. Y también es obvio que a Washington le incomoda menos el autoritarismo que la insubordinación.

Nada de esto exonera al chavismo. Hugo Chávez y Maduro devastaron el país, encarcelaron opositores, reprimieron protestas y empujaron a millones al exilio. La crítica es necesaria. Pero condenar la dictadura no obliga a aplaudir la intervención. Se puede -y se debe- rechazar ambas.

La historia latinoamericana ofrece una advertencia conocida. Franklin D. Roosevelt justificó durante décadas el respaldo a Anastasio Somoza con una frase infame: “Será un hijo de pu…, pero es nuestro hijo de pu…”. Esa lógica vuelve hoy.

Maduro estorbaba. Rodríguez podría servir. El criterio no es la democracia, sino la conveniencia. Y ése es el mensaje que Trump está enviando a los otros líderes de la región: O me sirves o te amenazo con buques militares, bombardeos, y secuestros por las fuerzas Delta. La nueva “Doctrina Donroe”.

¿Y los venezolanos? Ellos quieren algo radicalmente distinto: Vivir sin miedo, reconstruir instituciones, decidir su futuro sin mafias internas ni tutelas externas.

La intervención estadounidense no apunta ahí. Apunta a controlar la mayor reserva petrolera del planeta y a exhibir poder estadounidense a la mala.

Quitar a Maduro puede ser útil para Trump. Pero no es una victoria democrática. Es el nacimiento de un petroprotectorado. Y cuando la soberanía se cambia por barriles, la historia demuestra que la factura siempre la paga la población.

Venezuela no está saliendo del infierno: Está entrando a otro, con bandera distinta.

ATICO

Los venezolanos quieren vivir sin miedo, reconstruir instituciones, decidir su futuro sin mafias internas ni tutelas externas.

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