El 2026… ¿Nuevo?
Para las mayorías, los solsticios o equinoccios son términos exóticos o incluso pedantes, con escasos referentes en su cotidianidad.

Hoy ya es el tercer día de un año que consideramos “nuevo”, inédito, quizá colmado de buenas noticias: Estamos estrenando un ciclo anual y tenemos alguna curiosidad por saber qué nos van a traer estos doce meses venideros.
Para la mayor parte de la gente lo “nuevo” es una convención que consiste en sumar un dígito a un calendario cada vez que transcurren 365 días y fracción.
Ahora bien, la duración del año no es una mera puntada de nuestros antepasados: Desde hace miles de años los pueblos ancestrales habían observado que nuestro planeta se movía alrededor del sol a razón de una vuelta completa cada 365 jornadas, más una fracción un poco menor de seis horas.
No es una coincidencia que los egipcios lo hayan observado, documentado y publicado hace ya 3 mil años; al igual que los mayas que, sustentados en una muy científica observación calibraron el ciclo anual en 18 meses de 20 días a los que añadieron cinco más dedicados a rituales y expiación, para completar el año astronómico.
Es interesante comprobar la capacidad científica de muchas culturas antiguas que sin telescopios o instrumentos modernos, basados solamente en la cuidadosa observación de los cielos, y el movimiento de estrellas y planetas, lograron establecer que nuestro mundo da una vuelta alrededor del Sol en exactamente 365 días más 5 horas y 48 minutos.
A esa conclusión arribaron hace miles de años los mayas y los egipcios, a los que hay que sumar a la Roma antigua, los persas y los chinos, más los incas y los antiguos constructores de Stonehenge en la actual Inglaterra.
Es posible afirmar que este ciclo que inicia y festejamos, muy poco tiene de “nuevo”, pues hace siglos y milenios ya aquellos otros humanos lo sabían y lo vivían como una vuelta del sol, un renacer de la luz que anunciaba una primavera por venir, y una estación de barbecho para sembrar la tierra y esperar la cosecha esperanzadora.
Pero en este 2026 que inicia, gran parte de las sociedades urbanas no tiene idea de los ciclos agrícolas, el cuidado de animales para alimento, o los complicadísimos mecanismos por los cuales arriban a los mercados, y a las mesas familiares, el arroz, el trigo ya panificado, las tortillas, un filete de res, un jamón o una pechuga.
Para las mayorías, los solsticios o equinoccios son términos exóticos o incluso pedantes, con escasos referentes en su cotidianidad.
El “año nuevo” tiene como indicador infalible el calendario adosado al refrigerador, y ahí se marcan, en estas culturas occidentales, hitos como la Pascua, la Navidad o fiestas de santos que tienen un sentido en ese perpetuo girar planetario:
En el equinoccio de primavera, marzo 21, se celebra San Benito, fundador de una orden religiosa añeja y renovador del cristianismo de su tiempo. Marca el inicio de la siembra y Benito fue un eficaz sembrador en el espíritu.
Tampoco es casual que el equinoccio primaveral haya sido conmemorado por los mayas de Yucatán en Chichén Itzá, cuando en el juego de luz y sombras muestran a Kukulkán descendiendo la escalera de la pirámide. Es una súplica al dios de la fertilidad y las lluvias al momento de iniciar el periodo de siembra.
Por el solsticio de verano, el 24 de junio, celebramos a San Juan Bautista, el señor de las aguas, necesarias para la semilla y el éxito de la siembra.
Y después del equinoccio de otoño, septiembre 22, inicia la espera de la cosecha: en estos dias los judíos celebran el Yom Kipur, al cual sigue el Sukkot, su fiesta decosecha,.
En el mundo cristiano tenemos el día de San Francisco y luego Todos los Santos y los Santos Difuntos, todas celebraciones de cosecha, como el Halloween en sus inicios.
Y llega el Adviento, tiempo de preparación para el nuevo Solsticio, Navidad y la Epifanía: Retorna la Luz y se inicia un nuevo ciclo de vida y esperanza…
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