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Crisis

La democracia estadounidense está en un momento muy complicado. Esta elección presidencial es la repetición que nadie quería.

Crisis

La democracia estadounidense está en un momento muy complicado. Esta elección presidencial es la repetición que nadie quería. Esta elección es posiblemente de las más aburridas en la historia, pero de las más relevantes. Aburrida porque ya la vimos en 2020. Aburrida porque los dos candidatos son impopulares. Aburrida porque las encuestas están en empate técnico. Relevante porque está en juego el futuro de la democracia liberal. Relevante porque el regreso de Trump podría significar autoritarismo y retrocesos. Relevante porque en EU se juega demasiado para el mundo.

Joe Biden está en todo su derecho de buscar la reelección. Son pocos los presidentes que no lo han hecho. El precedente más inmediato es Lyndon B. Johnson en 1968. Una regla no escrita en el presidencialismo estadounidense es que el Presidente en funciones buscará la reelección y además es el líder de su partido. Difícilmente el hombre que busca la reelección (sólo han sido hombres) enfrenta una rebelión interna, así que nadie cuestiona su legitimidad ni su candidatura. Johnson no buscó la reelección porque tenía una muy baja popularidad y porque había en EU una incipiente crisis de representatividad. 1968 se parece bastante al 2024.

Al igual que Johnson, Biden enfrenta una muy baja popularidad. Lleva de desde agosto del 2021 con una tasa más alta de desaprobación que de apoyo. Sin embargo, la mayoría de los demócratas creía que Biden podía ganar la elección con disciplina, con la maquinaria aceitada y con trabajo territorial en tres estados clave: Michigan, Pennsylvania y Wisconsin. Pero todo cambió la noche del primer debate. El doloroso performance de Biden hizo que Trump se viera decente y presidenciable nuevamente. Biden sólo aumentó las dudas en torno a sus capacidades cognitivas.

Varios demócratas, ex veteranos de guerra, estadounidenses que viven en el extranjero y hasta liderazgos como Nancy Pelosi han manifestado ya su deseo de que Biden deje la contienda. Los votantes más jóvenes simplemente no están hoy con los demócratas y el apoyo de los hispanos y de los afroamericanos podría ser el más bajo en la historia. Biden asegura estar bien, dice que es la persona más preparada para derrotar a Trump y recita la lista de sus logros. El viernes pasado apenas dio una entrevista a George Stephanopoulos y sólo logró enojar más a sus correligionarios. Biden se oye como un baby boomer que no se quiere sentar.

La democracia estadounidense flaquea. Trump ha amenazado con ser un dictador si regresa a la Casa Blanca. Trump busca una venganza personal ante sus adversarios políticos, no reconocería su derrota y abusaría del poder presidencial para temas como cerrar la frontera. En otras palabras, el sueño de los padres fundadores de un Presidente acotado por los otros dos poderes estaría en peligro nuevamente con Trump, como ya lo estuvo con Bush jr. y con todos los presidentes que han ensanchado su poder previamente, pero en esta ocasión hay por lo menos dos variables extra que preocupan más que en el pasado y es, por un lado, la crisis de representatividad de la democracia estadounidense y, por el otro, la presencia de un actor tan inestable como Vladimir Putin en la arena internacional.

En la Convención Demócrata de 1968 se rompió el espíritu de ese partido. Los viejos liderazgos del partido optaron por imponer a Hubert Humphrey, un candidato moderado en lugar de a Eugene McCarthy, quien representaba el espíritu rebelde del 68. Nixon ganó la Presidencia y desde ella abusó del poder. Los años setenta obligaron a los partidos a abrirse un poco con una reforma electoral que hizo las primarias obligatorias. Este 2024 si Biden logra mantenerse a flote y derrota a Trump tendrá un enorme reto en reconstruir la confianza en la política y la representatividad. Necesitará abrazar todos los valores progresistas que movilizan a los más jóvenes en un momento en el que hay un retroceso conservador en planos como el migratorio. Los votantes franceses y británicos detuvieron el avance de la derecha xenofóbica. ¿Lo harán los estadounidenses con un octogenario de salud endeble?