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Humor dominical

Una serie de anécdotas humorísticas sobre situaciones cotidianas

El recién casado llegó con su dulcinea a la puerta de la habitación del hotel donde pasarían su noche de bodas. El muchacho, nervioso, no atinaba a meter la llave en la cerradura. Comentó ella: “Jod... Si esa misma puntería vas a tener luego”.

Conocemos a Capronio. Es un mal hombre. O un hombre malo, da lo mismo. De personas como él dijo el otro Machado algo como esto en una de sus sonoras frases: “Mala gente que va apestando la tierra”. El tal Capronio le comentó a un amigo: “Mi suegra tiene un feo rostro. De no ser por el bigote se habría parecido a Frankenstein”. Acotó el amigo: “Frankenstein no tenía bigote”. Dijo Capronio: “Pero mi suegra sí”.

En la exposición del pintor, su estupendísima modelo le preguntó entre sorprendida y halagada: “¿Por qué hay tantos críticos mirando el desnudo que me hiciste y tomando notas?”. Respondió el artista: “Porque en vez de mi firma puse el número de tu teléfono”.

La mamá de Rosilita, la pequeña amiga de Pepito, se sobresaltó bastante cuando la niña le pidió: “¿Tienes una manzana, mami? Dice Pepito que me va a enseñar a jugar a Adán y Eva”.

En otros tiempos se decía: “El hombre se casa cuando quiere; la mujer cuando puede”. Tan inequitativa frase no tiene hoy, afortunadamente, ninguna aplicación. En nuestros días tanto la mujer como el hombre se casan cuando quieren, y si no quieren no se casan. Por eso el cuento que ahora sigue pertenece a un ayer que poco a poco se va volviendo antier, y aun anteayer.

El sacerdote que estaba oficiando el matrimonio le hizo al novio la consabida pregunta: “¿Prometes amar y respetar a tu mujer; acompañarla hasta el último día de la vida en la salud y en la enfermedad; proveer a los gastos de la casa; serle fiel?”. “Ya no le siga, padre -lo interrumpió la novia-. Me lo va a desanimar”.

“¡Y en estos momentos está haciendo su entrada al salón de fiestas la feliz pareja!” -anunció con voz entusiasmada el maestro de ceremonias. Y entraron del brazo, con una gran sonrisa, la novia y su mamá.

“Ser o no ser. He ahí el dilema”. La linda Loretela se asombró al oír que su galán, el joven Candidito, empezaba a declamar con grandes ademanes los imperecederos versos del monólogo de Hamlet. La sorpresa fue mayor porque no se encontraban en el escenario de un teatro, sino en el automóvil de él, y en el Ensalivadero, lugar al que acuden por la noche las parejas en trance de erotismo. Le preguntó, intrigada: “¿Por qué declamas eso?”. Replicó el ingenuo muchacho: “Tú me preguntaste: ‘¿A qué horas vas a empezar a actuar?’”. (Un pésimo actor estaba diciendo muy mal el inmortal monólogo shakesperiano. La gente empezó a silbarle. El actor encaró al público: “A mí no me reclamen. Yo no escribí estas pend…”).

En la recepción del hotel preguntó el flamante novio: “¿Cuánto cuesta el cuarto?”. El encargado le informó el precio. Preguntó enseguida la bella desposada: “¿Y cuánto cuestan los primeros tres?”.

Jactancio Elátez se caracteriza por ser fatuo, presuntuoso, narcisista, ególatra, pagado de sí mismo, vanidoso. Es lo que en un popular término se conoce como un mam…, o sea antipático, enojoso, pesado, incómodo, sangrón. Su charla era molesta, pues solía abusar de eso que los americanos llaman name-dropping, la cita de nombres importantes para dar autoridad a su conversación. Alguien le dijo al tal Jactancio: “Eres un esnob”. Respondió él enarcando las cejas: “¿Un esnob? Moi?”.

En la barra del Bar Ahúnda un parroquiano interesado en cuestiones internacionales le preguntó a la atractiva dama que tenía a su lado: “¿Qué opinas de la posición árabe?”. “No la he practicado nunca - respondió ella-, pero suena interesante”. FIN.

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