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Humor dominical

Confesiones, malentendidos y situaciones matrimoniales.

Susiflor fue con su novio al Ensalivadero, lugar alejado de la ciudad y solitario, en el cual reina siempre una oscuridad propicia a los desahogos pasionales de los enamorados. Al día siguiente buscó a temprana hora en el templo al bondadoso padre Arsilio a fin de que le impartiera el sacramento de la reconciliación. Le dijo en el confesonario:

“Acúsome, padre, de que anoche estuve en el Ensalivadero con mi novio, y.”

“No le sigas -la interrumpió el sacerdote-. Ya sé lo que sucede en ese pecaminoso sitio. Nada más precísame si tú y tu novio llegaron a primera base, a segunda o a tercera”.

“Llegamos hasta el home, señor cura -respondió con moderada pena Susiflor-. De todo a todo. Por eso vine en procura de consuelo espiritual, pues la conciencia me ha remordido todo el tiempo, salvo cuando me estuve maquillando”.

“Con sobrada razón experimentas ese resquemor -declaró el padre Arsilio-. Grave fue la culpa, y grave también será la penitencia. Te daré la absolución si me prometes rezar cuatro rosarios”.

“Nomás fueron dos veces, padrecito” -se defendió Susiflor.

“No entremos en detalles -la detuvo el presbítero de nuevo-. Cuatro rosarios deberás rezar si quieres merecer perdón”.

“Entonces écheme de una vez otros cuatro, padrecito -replicó Susiflor-, porque ya quedé con mi novio de ir nuevamente al Ensalivadero hoy en la noche”.

El marido le dijo a su esposa:

“Comemos y luego iremos a comprar tu aparato”.

“Está bien -accedió la señora al tiempo que empezaba a desabotonarse la blusa-. Vamos a la cama”.

Repitió el señor en voz más alta:

“Te digo que comemos y luego iremos a comprar tu aparato para la sordera”.

Noche de bodas. Mientras su dulcinea se disponía para la ocasión, el novio bajó al bar del hotel y pidió una copa de licor dulce. El cantinero le preguntó:

“Usted es el recién casado que está en la suite nupcial, ¿verdad?”.

“Así es” -confirmó el joven.

Le dijo el barman:

“Entonces no le aconsejo el licor dulce. Eso reduce los ímpetus amatorios y disminuye el deseo sexual. Mejor tómese un tequila. El tequila fortalece el ánimo y estimula grandemente la sensualidad”.

Aceptó la sugerencia el muchacho y se bebió un tequila, y otro más, por si las dudas. Seguidamente encaminó sus pasos a la habitación donde su amada lo aguardaba. Dos horas después regresó al bar y le pidió al cantinero:

“Deme tres copas de licor dulce”.

Le indicó el hombre:

“Ya le dije que eso reduce los ímpetus amorosos y apaga el deseo sensual”.

“Precisamente -respondió con voz débil el exhausto galán-. Quiero esas tres copas para dárselas a mi novia”.

Tirilita, muchacha célibe, les informó a sus papás que estaba un poquitito embarazada.

“¡Recórcholis! -exclamó su padre, cuyo catálogo de interjecciones no estaba actualizado-. Y ¿quién es el padre?”.

“¿Cómo voy a saberlo? -replicó, gemebunda, Tirilita-. ¡Ustedes nunca me han dejado tener novio formal!”.

Con hosco acento decía cierto señor:

“La vida del hombre casado es muy frustrante. Los primeros 25 años de matrimonio quiere ser fiel y no puede. Los segundos 25 años quiere ser infiel y tampoco puede”.

El marido llegó a su casa en hora desusada y al entrar en la alcoba conyugal vio lo que nunca pensó llegar a ver: Su esposa estaba en el lecho entrepernada con un desconocido. Aquella visión lo hizo perder su acostumbrada ecuanimidad de tenedor de libros, y prorrumpió en expresiones denostosas dirigidas alternativamente al hombre y la mujer:

“¡Bribón! ¡Piru…! ¡Desgraciado! ¡Zorra! ¡Hijo de mala madre! ¡Mesalina!”.

La señora exclamó llena de alegría:

“¡Ay, Leovigildo! ¡Qué feliz soy! ¡Ahora sé que verdaderamente me amas! ¡Estás celoso!”.

FIN.

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