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No es hora de venganzas, sino de esperanzas

Lo que procede es admitir la victoria de la candidata morenista, reconocerla como la próxima Presidenta de México y estar dispuestos a colaborar con ella en todo lo que sea de beneficio para México.

Un cuentecillo picaresco me sirve de prefacio para una reflexión sobre política que quizá contribuya a orientar a la República. Sucede que una comadre llamó a su compadre por teléfono y le dijo que necesitaba hablar con él. Se preocupó bastante el hombre, pues no era usual que su comadre lo buscara así, y porque el tono en que le habló era grave y sombrío. Concertaron una cita para verse en el restorán de un hotel de las afueras, y ahí la mujer le dijo: “Compadre: He descubierto que mi marido me es infiel”. “Caramba, comadrita -se apenó el otro-. Lo siento mucho”. Repuso la comadre: “Más lo sentirá cuando sepa que la mujer con quien me engaña es mi comadre, la esposa de usted”. “¡Ira de Dios! -exclamó en paroxismo fúrico el compadre, que en su juventud había leído novelas de Salgari-. ¡Esto no se va a quedar así!”. “Lo mismo digo yo” -declaró la ofendida señora. Y añadió enconada: “Lo invito a que nos venguemos. Hagámosles nosotros lo mismo que ellos nos están haciendo”. No me aparto del hilo de la historia si digo que la comadre presentaba apetecibles atractivos tanto en el hemisferio Norte como en el austral. Por eso, además de por el enojo, el compadre aceptó gustoso la idea de la revancha. Ipso facto se dirigieron juntos al Motel Kamawa y ocuparon la habitación número 210 del establecimiento. Ahí llevaron a cabo su venganza. La comadre esperó a que el compadre se recuperara de la vindicación, y propuso una segunda, lo cual el otro aceptó de muy buen grado, pues la primera venganza había sido sumamente satisfactoria. Se llevó a cabo entonces el segundo acto de la vindicta, que resultó también muy grato, tanto que a esa venganza siguió, después de media hora, una tercera, para la cual el compadre tuvo que reunir ya todas sus fuerzas. No pasó ni siquiera la media hora de antes cuando la resentida comadre sugirió, encarnizada:

“Venguémonos otra vez”. Con voz feble respondió el compadre, exhausto: “Tendrá que disculparme, comadrita. A mí ya se me acabó el rencor”. Después del inobjetable triunfo de Claudia Sheinbaum he observado en muchos -y muchasde quienes votaron contra ella un ánimo no de tristeza, como el mío, sino de enojo y resquemor. En mi opinión no cabe un sentimiento así. Tampoco es razonable, pienso, que Xóchitl Gálvez presente impugnaciones a la elección, tan claros y contundentes fueron sus resultados. Lo que procede es admitir la victoria de la candidata morenista, reconocerla como la próxima Presidenta de México y estar dispuestos a colaborar con ella en todo lo que sea de beneficio para México, sin dejar por eso de permanecer en estado de alerta a fin de notar sus eventuales errores o abusos de poder y denunciarlos de inmediato. No ignoro que los orígenes ideológicos de la señora son preocupantes, y que su izquierdismo sesentero -sesentón- puede llevarla a extremos perniciosos, pero creo que debemos darle el beneficio de la duda. Claudia Sheinbaum es mujer inteligente. Hemos de esperar que no incurrirá en radicalismos ideológicos que la lleven a enfrentarse, primero, con el vasto sector que se le opone en el País, y luego con el poderoso vecino que tenemos hacia el Norte. No es hora ésta de venganzas, sino de esperanzas. López Obrador ha dividido al País. Confiemos en que su sucesora lo unirá, y que hará desaparecer la maniquea polarización causada por el tabasqueño. “Quédese el rencor insano / para enemigo demente. / El hombre es del hombre hermano. / Si hay quien extienda la mano / yo sé que habrá quien la estreche”. Acabado el encono de las campañas tendámonos la mano todos los mexicanos y trabajemos juntos por nuestra casa común: México. FIN.