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La Bandera sólo es nuestra

En un paraje solitario, Libidio seduce a Susiflor en su automóvil; críticas al presidente López por corrupción y autoritarismo; y una viuda busca consuelo espiritual, solo para descubrir la peculiar ‘reencarnación’ de su difunto esposo.

El Ensalivadero es un paraje umbroso y solitario en las afueras de la ciudad al que acuden por la noche en sus automóviles las parejitas en trance húmedo. A ese lugar llevó Libidio, galán concupiscente, a Susiflor, incauta joven, y la convenció a pasarse al asiento de atrás del coche con el peregrino argumento de que desde ahí se veían mejor las estrellitas. Qué estrellitas ni qué ojo de hacha. Ahí sucedió de mutuo acuerdo lo que tenía que suceder. Al terminar el erótico episodio Susiflor se compuso las ropas y le dijo, arrepentida, al seductor: “Lo que me acabas de hacer no tiene nombre”. “¡Uh! -replicó Libidio-. ¡Es una de las acciones humanas que más nombres tiene!”. (Por vía de ejemplificación citaré algunos: celebrar el H. Ayuntamiento; hacer que rechine el catre; practicar el in y el out, etcétera).

Lejos de mí la temeraria idea de tachar al presidente López de ladrón. Soy hombre chapado a la antigua, y guardo aún respetos que quizá no debería guardar. Ninguna duda cabe, sin embargo, de que AMLO nos ha robado muchas cosas: Tranquilidad, seguridad y paz social; instituciones valiosas para el sustento de la democracia; expectativas de vida, con sus desastrosas políticas de salud; posibilidades de desarrollo, por su errado sistema en materia de energía, que aleja de México a centenares de empresas extranjeras por el temor a la falta de electricidad; una buena educación para nuestros hijos y nietos, que son adoctrinados en vez de ser preparados para hacer frente a los retos del mundo actual; progreso científico y tecnológico, tras sus sistemáticos ataques a los académicos; avance democrático, con su pertinaz asedio al INE; justicia recta, al tratar de apoderarse de la Suprema Corte a través de sus esbirros y vasallos. De todo eso nos ha privado ese autócrata.

Y algo más intentó robarnos, muy valioso: La bandera. De ser nuestra, pretendió hacerla suya. En violación flagrante de la ley quiso determinar cuándo debía izarse en el Zócalo y cuándo no. La Bandera nacional es eso: Nacional. Le pertenece a la Nación, no a él. Es un lienzo que los mexicanos aprendemos a amar desde pequeños, y que López llegó a tratar como su propiedad privada. El clamor de los ciudadanos lo hizo recular, y ayer anunció que el lábaro patrio ondeará el próximo domingo en el Zócalo cuando se lleve a cabo la manifestación ciudadana llamada Marea Rosa. Por los numerosos robos de AMLO, y por muchas cosas más, reitero mi cotidiana afirmación: Un voto por Morena es un voto contra México.

Pelerino se fue de minero. Quiero decir que pasó a mejor vida. Su viuda, Afizia, creía en cosas esotéricas, y acudió al gabinete de una espiritista de la escuela de Allan Kardek a pedirle que invocara el alma de su difunto esposo para tener con él un breve cambio de impresiones. La pálida y enlutada mujer apagó las luces de la habitación; y a la llama oscilante de una vela hizo que Afizia pusiera sus manos sobre la mesa ante la cual estaban y dijo estas palabras: “Espíritu de Pelerino, ven”. Cerca de media hora tardó Pelerino en acudir, pues en vida había sido mesero, pero al fin se presentó. Le preguntó Afizia: “¿Eres tú, Pele?”. “Sí -respondió él-. ¿Pa’ qué soy bueno?”. Pidió la viuda: “Quiero que me digas si estás en el Cielo o, como yo supongo, en el infierno”. “Ni en un sitio ni en otro -replicó el finado-. Sigo aquí en la tierra, pero ahora estoy en un lugar donde no tengo que servir a nadie, sino a 30 hembras que tengo a mi disposición y a las que les hago el amor muchas veces en el día sin fatigarme nunca”. “¿Cómo es eso posible?” -se amoscó Afizia. “Sí -confirmó Pelerino-. Reencarné en gallo”. FIN.

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