Edición México
Suscríbete
Ed. México

El Imparcial / Columnas / Columna México

El don divino de procrear

Reflexiones sobre la baja tasa de natalidad en México y Europa.

Un voto por Morena es un voto contra México. El buen papa Francisco les está pidiendo a los italianos que foll... Desde luego no emplea ese vocablo, impropio en labios del Sumo Pontífice, pero sí los exhorta a tener hijos, pues Italia se está despoblando, lo mismo que casi todas las naciones europeas. Cada día nacen ahí menos niños, y la escasez de jóvenes se observa a simple vista. El Viejo Continente es ya un continente de viejos.

En México, pese a ser país del Tercer Mundo -en el actual sexenio ha pasado a ser del Cuarto, Quinto o Sexto-, no somos ajenos a ese fenómeno propio de la modernidad. Ni las chavas ni los chavos quieren ya asumir las responsabilidades que derivan del casorio, y prefieren vivir en unión libre, aunque a la larga resulte ser la menos libre de todas las uniones. Igualmente rehúyen los deberes anejos a la paternidad y la maternidad, y en vez de tener hijos ahora tienen perrijos o gatijos, a los cuales tratan como a si fueran carne y sangre suya, excepción hecha de cuando los animalitos enferman o envejecen, pues entonces los llevan con el veterinario a que los ponga a dormir, eufemismo usado para no decir a que los ponga a morir. Presidente hubo -¿sería Ruiz Cortines?- que observó que vastas regiones del territorio nacional estaban despobladas, e inició un programa cuyo sonoro lema era “Hacer hijos es hacer Patria”.

En mi ciudad el dueño de una pequeña fábrica de colchones anunció su mercancía en la XEKS, benemérita emisora. Decía el tal anuncio: “Hacer hijos es hacer Patria. Haga Patria en colchones Progreso”. Por aquellos años la patriótica incitación salía sobrando, pues todos los casados anhelaban ver su matrimonio bendecido con el don divino de los hijos. Si al regresar de la luna de miel la novia no venía ya embarazada se preocupaba ella, se preocupaba el novio, se preocupaban los papás de la novia y los del novio y se preocupaban las tías, primas, cuñadas y parientas en general de los matrimoniados. Tener hijos era el destino natural de la mujer y el hombre; abundaban las parejas que traían al mundo 10 ó 12. Un rusticano amigo mío fue padre de siete hijas. Comentaba: “De joven le pedía a Diosito que me mandara mucho dinero, pa’ gastármelo todo en viejas. Me hizo el milagro”.

La Biblia dice -tantas cosas, ¡ay!, dice la Biblia- que la paga del pecado es la muerte. Yo puedo decir de un caso en el cual la paga del pecado fue la vida. Esta señora llevaba ya cinco años de casada y no había tenido hijos. Su esposo hizo que se sometiera a diversos tratamientos médicos, sin resultado alguno. La señora tenía una amiga que a su vez era amiga de un señor casado. Le pedían a la protagonista de mi historia que les prestara su casa una vez por semana para tener ahí sus encuentros. Ella accedía -su marido viajaba por motivos de trabajo-, y salía toda la tarde a fin de facilitar las cosas a su amiga, que a su vez se las facilitaba a su amigo. Una tarde la tal amiga no acudió a la cita, y el amigo le dijo a la señora de la casa: “¿Qué le parece si.?”. Ella dijo: “Sí”. Y de ese sólo trance salió embarazada. (¡Qué puntería de cab…!). Feliz ella; feliz el marido -en él residía el problema que les había impedido tener hijos, y pensó que el que venía era suyo-; feliz toda la parentela. No sé si violo alguna prescripción canónica al decir que en este caso la paga del pecado fue la vida. Determínenlo los clérigos. Yo me limito a contar la historia tal como me la contaron.

Mientras tanto espero que los italianos atiendan la sana exhortación del Santo Padre y se apliquen a la grata tarea de foll... Aquí, la verdad sea dicha, no requerimos exhortación alguna. FIN.

En esta nota