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Protesta pacífica

De ociosidad pecarían mis manos si este día no dedicara yo un aplauso a las chicas y chicos del Instituto Tecnológico de Saltillo.

Se llamaba Mario, vivía en Monterrey y era pobre vergonzante. Un pobre vergonzante es aquel que alguna vez tuvo una buena posición social, y bienes de fortuna, pero malas circunstancias lo llevaron a la pobreza, y sin siquiera la posibilidad de pedir ayuda, por la vergüenza de ser visto por sus antiguos conocidos en tal extremo de necesidad. Si Mario no fenecía de hambre, ni vestía harapos ni dormía en la calle, era sólo por la generosidad de aquel gran caballero que fue Leopoldo González Sáenz, quien le extendió su protección por haber sido amigos cuando jóvenes. Gracias a él Mario podía conservar su atildada corrección de los pasados tiempos y un cierto señorío con el que disfrazaba sus lacerias, como el hidalgo del Lazarillo de Tormes. Hablaba sin jactancia ni tristeza de su buena época, cuando tenía como amantes a las vedettes de moda y ordenaba cerrar los cabarets de lujo para estar a solas ahí con la mujer de turno. Mario, culto y bien leído, era asiduo concurrente a los cursos libres que impartía yo en la preciosa Aula Magna del Colegio Civil, noble recinto perteneciente a la Universidad Autónoma de Nuevo León. En el curso de mis disertaciones se me escapaba a veces alguna frase afortunada. Entonces Mario se ponía en pie y con voz imperiosa le demandaba al público asistente: "¡Aplaudid, manos ociosas!". Pues bien: De ociosidad pecarían mis manos si este día no dedicara yo un aplauso a las chicas y chicos del Instituto Tecnológico de Saltillo. Bloquearon por unos días un tramo del bulevar Carranza, la vía principal de la ciudad, pero lo hicieron en forma pacífica, ordenada, y además asistidos por la razón, pues se trataba de defender el prestigio de su institución y de obtener justicia para sus justas demandas. Siento profundo afecto por el Tecnológico de Saltillo. Evoco a amigos muy queridos que fueron parte de él: Óscar y Ricardo Peart Pérez; Segundo Rodríguez Álvarez; Bob Fishburn; Carlos Herrera; Agustín García Ramos. Por eso celebro la favorable solución del conflicto que por unos días afrontó ese plantel que tantos y tan buenos frutos ha dado a Saltillo, a Coahuila y a México. Alabo la prudencia y buen sentido de sus jóvenes alumnos: Demostraron amor a su Instituto; pidieron respeto y justicia para él y para sus estudiantes. Que la nueva etapa que se inicia en el Tecnológico de Saltillo enaltezca aún más el prestigio de esa ilustre y querida institución. ¡Aplaudid, manos ociosas!... No hago lesión a la caridad cristiana ni a la urbanidad y buenas maneras que preconizaba el señor Carreño, don Manuel Antonio, si digo que el joven Picio era muy feo. Lo fue desde que nació: en vez de darle el pecho su mamá le dio la espalda. "No es que seas feo -le dijo una vez una muchacha compasiva-. Lo que sucede es que estás en el planeta equivocado". A lo que voy es a contar del día en que Picio visitó el jardín zoológico. Al pasar frente a la jaula de los orangutanes uno de los simios le pidió: "Carnal, preséntame a tu abogado, a ver si me saca a mí también". (No desfallezcas, Picio. Haz tuya esta cuarteta de nuestro Juan Ruiz de Alarcón, quien tampoco fue favorecido por natura. Cito sus versos de memoria: "En el hombre no has de ver / hermosura o gentileza. / Su hermosura es la nobleza, / su gentileza el saber"). Cuando Simplicio y Pirulina cumplieron un año de casados él bebió en la cena de aniversario una copa de más, lo cual lo llevó a interrogar a su mujer en indebida forma: "¿A cuántos hombres has amado en tu vida? Dime sus nombres, por orden cronológico". "Déjame ver -ponderó ella-. Juan, Pedro, Francisco, Antonio, tú, Rodolfo, Luis, Manuel, Fernando, Bernardino". FIN.

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