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Humor dominical

“Estoy segura de que nunca has hecho el amor”. Eso le dijo Rosibel, joven casada, a su amiga Susiflor, soltera. “Claro que lo he hecho -aseguró ella-. Si no me lo crees pregúntaselo a tu marido”.

Don Languidio, señor sexagenario, se compró una corbata vaquera, de lazo. Le comentó a su esposa: “Cuando me la puse me sentí más joven, más fuerte, más firme”. Le sugirió la doña: “A ver si hoy en la noche te la pones en otra parte”. (Me pregunto cómo se vería el susodicho con una corbata de la zo en esa región. Debió contestar como el sujeto a quien un comerciante callejero le ofreció: “Vendo huevos”. Respondió el tipo: “Bonito me voy a ver vendado de ahí”).

El pretendiente habló con el padre de su dulcinea: “Aunque la boda debe darse por hecha vengo a pedirle la mano de su hija”. El severo genitor, en forma sucesiva, se amoscó, se atufó, se encrespó y se indignó. Preguntó airado: “¿Quién dice que la boda debe darse por hecha?”. Replicó el mozalbete, imperturbable: “El ginecólogo”.

“¡Qué hombre tan feo aquel del traje azul! -exclamó una chica en la fiesta-. ¡Ni aunque me pagara un millón de pesos me acostaría con él!”. La mujer que estaba al lado declaró ácidamente: “Es mi marido”. “Perdone usted -se disculpó la chica-. Entonces sí me acostaría con él. Es más: Le rebajaría la mitad”.

No necesito describir el paraje conocido con el nombre de El Ensalivadero. Es un lugar alejado de la ciudad, umbrío y solitario, al que acuden en su automóvil por la noche las parejas de novios en trance de ardimiento, pero que sólo pueden llegar hasta tercera base, o aquéllas que por falta de dinero para pagar un cuarto de motel deben usar el asiento trasero del vehículo. Ninguna incomodidad estorba la unión de dos amantes ansiosos de la mutua entrega. Sobre una cama de faquir hecha con clavos yog… si se les presentara la ocasión.

A aquel sitio que dije fueron Afrodisio, galán concupiscente, y Floribel, muchacha de buenas familias ex alumna del Colegio de la Reverberación y socia de la Pía Cofradía de Sor Mencía. Le dijo él en lúbrico arrebato de libídine: “¡Te deseo, Floribel! ¡Anhelo tener tu cuerpo entre mis brazos; acariciarte toda; poner mis manos ávidas en tu bellezas y mis sedientos labios en tus oasis; tomarte; poseerte; gozarte en plenitud; hacerte mía!”. Le preguntó, vacilante, Floribel: “¿Te casarás conmigo?”. Afrodisio se molestó: “No me cambies la conversación”.

Kulibele, bailarina exótica de cabaret, le pidió al médico: “Póngame la vacuna donde la marca no se me vea cuando actúo”. El galeno, que la había visto en aquel centro nocturno, le indicó: “Entonces deberé ponérsela en la planta del pie”.

Don Ultimio estaba por entregar el alma a quien se la había dado. Con feble voz le dijo a su esposa Gorgolota: “Ahora que me vaya no quiero que estés sola. Cásate, y dale a tu nuevo esposo todo lo mío: Mis libros, mis cuadros, mi colección filatélica, mis trajes, mis corbatas, mis sombreros. Una cosa tan sólo te pido que no le des y que conserves como un recuerdo mío: Mi guante de beisbol”. “Vete sin cuidado -lo tranquilizó doña Gorgolota-. Él es zurdo”.

Antes del casorio Clorilia le dijo a su novio Leovigildo que al ir a la cama solía arrodillarse al pie del lecho para rezar sus oraciones. La noche de las bodas él salió del baño de la suite nupcial, a donde había ido a fin de acicalarse para la ocasión y se sorprendió al ver a su desposada tendida de espaldas en la cama, sin ropa ya -ella, no la cama- y en lujuriosa actitud de hetaira u odalisca. Le dijo Leovigildo: “Yo esperaba verte de rodillas, Clori”. Contestó ella: “Eso será cuando tengamos más confianza”. (No le entendí). FIN.

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