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La otra oposición

Los sistemas democráticos representativos que usan la regla de mayoría se apegan a un diseño controvertido que lamentablemente solamente genera un ganador y muchos perdedores.

El historiador británico Tony Judt sintetizaba, en un breve ensayo, su percepción sobre el estilo egoísta de la vida contemporánea. Hay algo profundamente erróneo en la forma en que vivimos hoy, “algo va mal” subrayaba durante la primera década del presente siglo, pero pensando en el significado de las decisiones que impactaron a la sociedad durante la década de los ochenta. Se refería y cuestionaba la forma en que hemos convertido en una virtud la búsqueda del beneficio material, hasta el punto de que eso es todo lo que da sentido a un propósito colectivo.

Por ello, quizá una de las tareas que podemos rescatar de su pensamiento es oponernos a los males de nuestra sociedad y afrontar nuestra responsabilidad sobre el mundo en que vivimos, cuidar más a la colectividad como mecanismo de solución de nuestros problemas de hoy. Por ejemplo, dentro de nuestra sociedad mexicana, esa que trabaja y busca resolver su vida cotidiana con esfuerzo, ha normalizado el enfrentamiento entre unos y otros por temas electorales. Familias enteras se han dividido, amigos y amigas han discutido por defender posiciones que muchas veces son incomprensibles para ellos mismos, la pasión por los colores de una marca política ha conllevado, incluso, a una serie de agresiones entre los mismo ciudadanos, y quizá lo más preocupante, cada proceso electoral en lugar de convertirlo en una fiesta cívica, se construyen como luchas pero no por el poder, son pleitos ciudadanos por buscar hacer ganar el punto de vista, poner en la mesa una opinión hegemónica sin importar si es propositiva o no, se trata de hacer ver mal al oponente.

Este tipo de discusiones nos hacen ver como la otra oposición, la que se da entre nosotros, la misma que camina al ritmo de lo que la política electoral va soltando a los ciudadanos para que entre ellos se entretengan, peleen, discutan, se descalifiquen, aprendan a torturarse unos a otros. A todos nos ha tocado presenciar grandes debates sobre la política electoral dentro de la tienda de la esquina mientras se hace fila para pagar, enojarnos unos con otros sobre qué partido político es mejor para gobernar. Y ese es uno de los males de nuestra sociedad de hoy.

Hasta aquí quiero dejar claro que no me refiero a evitar la discusión constructiva u omitir nuestros puntos de vista, eso es parte de la interacción natural entre los individuos. Lo que busco señalar es que, tal como lo anota el profesor Judt, tenemos que saber dar un valor agregado al pensamiento colectivo en la idea de sacar adelante, junto con los actores políticos que elegimos, a este País. Es suficiente con ver a la clase política peleando por el poder político. A nosotros los ciudadanos nos toca el mejor papel o rol que haya en cualquier proceso de decisión colectiva: Nos toca elegir a los representantes.

La tarea de elegir a nuestros representantes y gobiernos no es un tema sencillo como para perder el tiempo agregando nuestras preferencias políticas en escenarios de discusión en donde, justo por ser colectivo, no se tiene una solución. La ciencia política es muy clara en este tipo de distinciones. Los sistemas democráticos representativos que usan la regla de mayoría se apegan a un diseño controvertido que lamentablemente solamente genera un ganador y muchos perdedores. Entonces los ciudadanos deben presionar a ese ganador a hacer las cosas bien, en caso contrario, vía elecciones se le castiga o se le premia. Es hora dejar de pelearnos, pues cada quien tenemos un sólo voto.

Juan Poom Medina.

Investigador de El Colegio de Sonora, en año sabático.

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