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Sueños de plata

Viejos Dir. M. Night Shyamalan

Caracterizado por sus cintas de suspenso que siempre tienen un giro final inesperado, el director M. Night Shyamalan pasó los primeros meses de la pandemia, en una paradisiaca playa de la República Dominicana, filmando Viejos.

Por Manuel Ríos Sarabia

Caracterizado por sus cintas de suspenso que siempre tienen un giro final inesperado (algunos de los cuales simplemente resultan absurdos), el director M. Night Shyamalan pasó los primeros meses de la pandemia, en una paradisiaca playa de la República Dominicana, filmando Viejos, basada en la novela gráfica Castillo de Arena de Pierre Oscar Lévy y Frederik Peeters, la cual bien podría ser la mejor película de su filmografía.

Guy (Gael García Bernal) y Prisca (Vikie Kripps) una pareja a punto del divorcio, se embarca en unas vacaciones con sus dos hijos, Trent y Maddox, de seis y once años respectivamente. El viaje, aparentemente, podría ayudar a enmendar la ruptura en su relación, sin embargo las discusiones inician desde la primera noche en el cuarto de hotel.

Ante su llegada, la primera impresión que intercambia la pareja es que el lugar está mucho mejor que Cancún, e indudablemente es un sitio hermoso. El hotel es uno de esos complejos exclusivos con todo incluido, donde son recibidos con bebidas especiales, elaboradas con base en sus gustos y preferencias alimenticias, y son tratados con la más inverosímil amabilidad de parte de todos los empleados.

A la mañana siguiente, el concierge del hotel, le brinda a la familia, a manera de secreto particular, su amigable invitación a una hermosa playa privada, donde, promete, pasaran un día inolvidable.

La familia y otros huéspedes del hotel son transportados a la playa secreta, dotados de una exagerada cantidad de comida y todo lo necesario para pasar un grandioso día.

Una vez en la playa, que parece ser un trozo del paraíso, las cosas comienzan a tornarse extrañas, iniciando con la aparición de un cadáver flotando en el agua.

En este momento Shyamalan echa a andar la narrativa y el suspenso con la ayuda de una imparable cámara que gira constantemente en torno a los personajes, la familia inicial más otras tres parejas,

una de ellas con una abuela y una hija pequeña.

La primera inexplicable revelación con la que se encuentran los vacacionistas es con el hecho de que no pueden salir de la playa, ya que una especie de campo de fuerza se los impide. Un misterio que pareciera salido de El Ángel Exterminador (Luis Buñuel, 1962). La cámara de Shyamalan, a través de su movimiento, oculta y revela imágenes clave con meticulosa precisión.

Conforme comienzan a acumularse las muertes la revelación es clara, el tiempo parece transcurrir de manera acelerada dentro de la playa. Una hora equivale aproximadamente a un año. Los niños se convierten en adolescentes, las enfermedades de los adultos se aceleran.

Es justo aquí cuando Shyamalan trasciende el excelente material original de la novela gráfica para convertirlo en un angustiante y estremecedor recorrido. Y es que el director ha encontrado la esencia del terror mismo. Nuestro efímero viaje por la vida.

A través de los ojos de los personajes vemos como la vida es experimentada cual relámpago. Por nosotros. Por nuestros padres… abuelos… niños. Todo transcurre en un instante.

Los padres, por más que sus hijos crezcan y envejezcan, los seguirán viendo siempre como niños pequeños a los que deben proteger. Los niños, a pesar de continuar siéndolo, deberán asumir que son ahora los que están a cargo, tanto de sus vidas como de las de sus, ahora ancianos, padres.

Los padecimientos, tanto físicos como mentales, se tornan cada vez más graves, poniendo en peligro, no sólo a quien los sufre, sino a todos aquellos que los rodean.

En ese pequeño e idílico lugar de la naturaleza, el cual aparentemente no tiene salida, se desenvuelve toda la tragedia y toda la belleza de la vida. Con el tiempo, los errores y malas decisiones, así como los amores olvidados, vuelven a la mente. Y el amor, el verdadero amor, no sólo amor perdura, sino que se refuerza.

El tiempo pasa inexorable, derribando a su camino todos los castillos de arena que se construyen. Pero por su naturaleza, es posible volverlos a construir, y llegada la hora, abandonarlos en la misma playa que algún día brindó tanto placer. ¿El dolor? El dolor también se puede quedar atrás. Nunca es demasiado tarde para dejar el pesar… y volver a empezar.

Shyamalan nos regala una intensa experiencia reflexiva en un momento histórico crucial, que irónicamente, quizá será mejor comprendida con el paso del tiempo…

“¿Será que todos los adultos se sienten niños cómo nosotros? ¿O sólo nosotros nos sentimos así, porque ayer fuimos niños?”

* El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

•Rich Paul junto a su novia, la cantante Adele.

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