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Columnas Sueños de plata

Parásitos, Dir. Bong Joon-ho

Diez años después de dedicarse a producciones internacionales (Snowpiercer 2013, Okja 2017), Bong Joon-ho regresa a su país (Corea del Sur) para lo que se convertiría en la Palma de Oro de Cannes 2019.

Por Manuel Ríos Sarabia

Diez años después de dedicarse a producciones internacionales (Snowpiercer 2013, Okja 2017), Bong Joon-ho regresa a su país (Corea del Sur) para lo que se convertiría en la Palma de Oro de Cannes 2019.

Como en anteriores obras, Bong aborda el tema de las clases sociales y el inmenso abismo que ahora existe entre ellas. En este caso, lo que sucede entre dos familias, los Kim y los Park, aun siendo un retrato específico de la situación en Corea del Sur, es en realidad un fenómeno tan globalizado, que la narrativa bien podría desarrollarse en Los Ángeles o en la Ciudad de México sin necesidad de prácticamente ningún cambio (sin duda en cualquier momento veremos remakes locales).

“En un mundo como este en que un puesto de guardia de seguridad atrae a 500 universitarios…” el resultado no podría ser distinto.

La familia Kim vive en un sótano en la zona pobre de la ciudad, los cuatro integrantes, padre, madre e hijos veinteañeros se encuentran desempleados. Comparten un único ingreso paupérrimo armando cajas de pizza. La oportunidad de impartir clases de inglés privadas a una adolescente de familia adinerada es presentada al hijo mayor de los Kim y esto es el inicio de una infiltración paulatina y calculada por parte de los Kim a la exuberante casa de los Park.

Como una imagen de espejo opuesta, la familia Park está conformada por una joven pareja y sus dos hijos, una adolescente y un niño de seis años. Los Park viven sonámbulos, dentro del letargo que les proporciona la abundancia económica. Atendidos por una ama de llaves y conducidos por un chofer, su existencia parece no tener un peso real. Sólo son fantasmas dentro de una moderna mansión, perfectamente diseñada por un renombrado arquitecto, cuyo espacio principal es una sala con enormes ventanales y vista a un inmenso jardín.

Empujados por la necesidad y armados por el oportunismo los Kim, substituyen uno a uno a los empleados de los Park, hasta convertirse en parte integral de la casa, habitándola a la par de sus dueños.

Los contrastes entre ambas familias y sus viviendas descubren y expresan ideas, perfectamente plasmadas a través de una impecable dirección y fotografía, sobre la clase social, la dignidad (o ausencia de esta) y el privilegio.

En el momento en que el patriarca Kim (Kang-ho Song) defiende a la familia Park “Son ricos pero son buenas personas”, su esposa le responde “Son buenos… porque son ricos”.

A puerta cerrada los Park también tienen opiniones particulares sobre sus empleados y su característico “olor a trapo viejo, el mismo que se puede percibir en la gente que viaja en el metro”.

La incursión de los Kim en la vida de los Park es sencilla, a través de la “necesidad” de ser cuidados y atendidos, las defensas de quienes tienen dinero bajan y es fácil entrar. Su dependencia en los “otros” para ser servidos hace de los Park una especie de parásitos, no muy distinta a la de los oportunistas Kim.

Bong no se pone del lado de ninguna de las dos familias, sólo presenta las cosas como son, sin explotar emocionalmente la pobreza ni precisamente satanizar la riqueza. El problema radica en el sistema y una población cada más grande, aunada a una inequidad social que crece exponencialmente minuto a minuto. Una olla exprés.

Las dos familias habitan infiernos particulares. Los Kim en uno visualmente representado por las profundidades urbanas a las que deben llegar bajando inmensas escalinatas hasta recluirse en su encogido y abarrotado sótano. Los Park en su espaciosa y fría mansión donde rara vez comparten una habitación o conversación con los demás miembros de su familia.

Bong se guarda lo mejor para el tercer acto en que se revelan secretos ocultos en las profundidades de la casa Park, secretos que elevan a la superficie las diferencias entre ambas familias y el inescapable olor a podredumbre y resentimiento de clase.

Pero no hay de que preocuparse “les pagaremos horas extras”.

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