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No en mi patio trasero

NIMBYS es el acrónimo de “Not In My Back Yard” (inglés para “No En Mi Patio Trasero”) y fue acuñado por urbanistas para definir a los ciudadanos que están en contra de cambios en su barrio, colonia o ciudad que se} organizan para oponerse como reacción a la posibilidad de que aquello propuesto se lleve a la realidad.

NIMBYS es el acrónimo de “Not In My Back Yard” (inglés para “No En Mi Patio Trasero”) y fue acuñado por urbanistas para definir a los ciudadanos que están en contra de cambios en su barrio, colonia o ciudad que se} organizan para oponerse como reacción a la posibilidad de que aquello propuesto se lleve a la realidad.

Algunos cuantos NIMBYs actúan de manera ordenada y racional y otros tantos deciden reaccionar de manera engañosa, visceral y radical, organizando manifestaciones, bloqueos, acusaciones de corrupción y otras acciones que atraigan la atención hacia el tema en cuestión. Esto es aun más relevante cuando estos agitadores persiguen y esconden a sus vecinos sus verdaderos intereses particulares o lo que es peor, intereses político-electorales.

En la mayoría de los casos, los NIMBYs no necesariamente se oponen a que existan los proyectos propuestos. Simplemente se oponen a que se realicen cerca de ellos. Por ejemplo, yo deseo que mi proveedor de telefonía celular me preste un mejor servicio y con mayor cobertura, pero seguramente me opondré a que junto a mi casa coloquen una nueva antena. O sea, si quiero que suceda, quiero exigir y tener el mejor servicio de telefonía móvil, pero no quiero las antenas aquí.

Los urbanistas han acuñado docenas de acrónimos para definir variaciones específicas al efecto NIMBY dirigidos a ambientalistas, promotores de cambio, promotores de la conservación y hasta para los que se oponen a todo.

En estas últimas semanas, hemos visto en Tijuana a varios grupos de estos actuar.

Desde los que legítimamente están preocupados por el estado que guarda la infraestructura de la ciudad y sus colonias por el histórico rezago provocado por omisiones, falta de mantenimiento o falta de capacidad económica del ayuntamiento y otros organismos prestadores de servicios para atenderlos, hasta la inconciencia de los mismos residentes, de que ellos mismos son también responsables del deterioro urbano y exigen mejores servicios, cuando no están dispuestos a pagar justamente por ellos.

Esta peligrosa reacción y radicalización de personas que pudieran aparentemente tener razones bien fundadas, terminan distorsionando las verdaderas causas y posibles soluciones, inhibiendo la verdadera participación ciudadana y perpetuando la existencia de las mayorías silenciosas que aun cuando no se oponen a las acciones, prefieren no opinar ante el temor a la reacción virulenta de personas o grupos que se encuentran en contra de la causa en cuestión.

Es ahí, en la discusión racional y ordenada de los proyectos y temas de interés general, donde se respete el derecho a proponer, a oponerse o inclusive a ignorar un tema, donde reside una gran oportunidad perdida para las instituciones de nuestra ciudad y país.

Todos tenemos derecho a tener una opinión y en la medida en que existan mecanismos que permitan balance y donde todas las posturas sean escuchadas sin restricciones, es cuando la mayoría al fin se sentirá escuchada y sin duda el grueso aceptará las decisiones tomadas en base a la normatividad vigente muy a pesar de su opinión mal informada que generó la postura original.

Muchas veces no se trata de convencer a la contraparte, simplemente se trata de que todos conozcan todos los puntos de vista.

Ahí empieza el respeto al que nos debemos todos como ciudadanos y hacia la autoridad. Cuando los organismos de los diferentes órdenes de gobierno que tienen como responsabilidad la interacción con ciudadanía dejen de ser herramientas para establecer el control político territorial para el partido en turno y se dediquen a su misión de informar los planes y normas vigentes, además de discutir permanentemente los pequeños y grandes temas que preocupan e interesan a los ciudadanos sobre su comunidad, barrio, colonia o ciudad, entonces podremos saber que vivimos una plena democracia más allá del silencioso sufragio que periódicamente nos es solicitado para elegir a nuestros “representantes”, quienes muy pocas veces realmente escuchan nuestra voz, que por más irracional, estúpida o acertada que esta sea, debe ser escuchada por igual.

Es hora de exigir mejores servicios, de que todos carguemos con nuestras responsabilidades y que evitemos poner en riesgo el progreso de nuestra región.

Es un error pretender que muy pocos carguen con los costos de las inversiones necesarias para solucionar los rezagos históricos del barrio o ciudad, cuando las leyes contemplan mecanismos para que, de manera justa, cada uno aporte proporcionalmente su parte. Cuando activemos de nuevo en Tijuana estos mecanismos de cooperación, podremos aspirar a una mejor ciudad.

* El autor es arquitecto tijuanense, pro ciudades compactas

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