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Columna Huésped

Luis Martínez Díaz: de Guatemala a Baja California

En una semblanza hecha por Joaquín Gutiérrez sobre Teódulo Sosa, el pintor oaxaqueño residente en la ciudad de México, este artista de origen chontal recordaba haber sido un asiduo contertulio del café París.

Por Gabriel Trujillo

En una semblanza hecha por Joaquín Gutiérrez sobre Teódulo Sosa, el pintor oaxaqueño residente en la ciudad de México, este artista de origen chontal recordaba haber sido un asiduo contertulio del café París, donde conoció, entre otros, al revolucionario Fidel Castro y al poeta guatemalteco Luis Martínez Díaz, “quien lo alentó a honrar la estirpe oaxaqueña y a no permitir ultrajes de ningún tipo”. Pero, ¿quién era en realidad Luis Martínez Díaz? En 1992, en mi libro Un camino de hallazgos.

Poetas bajacalifornianos del siglo XX, lo incluía entre los autores ensenadenses de la década de los años sesenta del siglo pasado. Decía que era parte de la generación de la Californidad: “Luis Martínez Díaz, poeta guatemalteco nacido en 1930, llegó a residir a Ensenada en los años sesenta. Aquí ganó varios premios de poesía en los numerosos juegos florales de aquella época. Mucho le debe su obra a la lírica popular española, incluyendo la poesía de Antonio Machado y Federico García Lorca.

La naturaleza bajacaliforniana, especialmente el paisaje costero y marino, fue un tema predominante en su poesía, siempre exacta y melodiosa, equilibrada y límpida. Entre los libros que ha publicado destacan Homenaje civil a Lázaro Cárdenas (1970) y Fulgor del entusiasmo (1975).”

Hoy sé más que eso: don Luis nació en la ciudad de Guatemala, en una fecha imprecisa que el Diccionario de escritores mexicanos (1988) señala con signos de interrogación el año 1928. Llegado a México en 1954, exiliado seguramente ante la caída del régimen de Jacobo Árbenz por un golpe militar auspiciado desde los Estados Unidos, Martínez Díaz se dedica a fundar peñas literarias en la capital de nuestro país.

Esto implica que nuestro poeta forma parte, junto con escritores e intelectuales de la talla de Carlos Illescas, Luis Cardoza y Aragón y Raúl Leyva, del grupo de artistas de este país centroamericano que buscaron refugio en nuestra patria. Luis Martínez Díaz trabajaba de periodista y editor y prueba suerte, desde la ciudad de México, en los certámenes nacionales con poemas al modo de cada concurso. En 1967, con su poema Lunación de Ensenada, gana los V Juegos Florales del puerto de Ensenada. Según lo documenta Fredo Guillén en su artículo “Triunfo de un poeta de Guatemala” (El Imparcial, 17-noviembre-1967): lo acompañaron a recibir el premio Carlos Pellicer, José López Bermúdez y el propio Fredo.

Según Guillén, inmediatamente llegó la invitación de la Universidad Autónoma de Baja California para que los poetas Pellicer, Bermúdez, Guillén y el premiado Martínez Díaz, fueran a dar conferencias a las ciudades de Tijuana y Mexicali, lo que todos aceptaron de buena gana. Mientras tanto descubrieron que Baja California estaba hambrienta de eventos literarios y de recitales de poesía contemporánea, de “anhelos de cultura” para que se le viera como la parte norteña de la cultura nacional y no como simples ciudades de paso: “Carlos Pellicer, museógrafo, prometió ir a Baja California para hacer salas donde hable el pasado y recordar, así, a quienes creen que todo es presente lo que él repitió en las conferencias que a cada uno tocó decir: «Que España trajo su cultura, pero no la cultura».

En una sala que había sido «dancing» y ahora es de conferencias Luis Martínez Díaz leyó su poema premiado, con gran éxito. Luego lo hizo en Mexicali, como parte de las veladas donde cada uno de nosotros puso un grano de voz. Tuvo él y todos un público pávido y ávido. Aquí comienza el castellano —dijo alguien— defendámoslo, amémoslo. Y realmente en aquel rincón tan lejano a México se siente palpitar una mexicanidad sin estridencias ni agresividad contra nadie. Ese espíritu del idioma común festejó que un poeta de Guatemala hubiera sido el triunfador. En ningún instante hubo un cardo de localismo.”

Fredo Guillén, en su crónica-reseña del triunfo poético de Luis Martínez Díaz, reconoce el valor literario de la obra que lo hizo ganador indiscutible en los V Juegos Florales de Ensenada. El poema se titula Lunario de Ensenada y está dividido en 10 partes, que carecen de una narrativa histórica, lo que lo hace un poema diferente a muchos de los textos poéticos de los bardos de la generación de la Californidad.

Nuestro poeta es un poeta de versos más puros, más paisajistas, que se acerca a Ensenada entre las brumas del paisaje marino y le canta con puntuales observaciones, haciendo de su poema parte ya de la historia literaria de nuestra entidad.

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