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Columna Huésped

Los claroscuros de la justicia

Acercarse al crisol de nacionalidades que conforman nuestro estado es descubrir que cada una de ellas ha aportado trabajo y cultura, pero también conflictos y fricciones.

Por Gabriel Trujillo

Acercarse al crisol de nacionalidades que conforman nuestro estado es descubrir que cada una de ellas ha aportado trabajo y cultura, pero también conflictos y fricciones. Al igual que pasó con los chinos en la primera mitad del siglo XX, los japoneses sufrieron los embates de la violencia dentro y fuera de su propia comunidad. Si los chinos tuvieron guerras de tongs por el control de garitos y por el contrabando de opio, los japoneses tampoco quedaron exentos de tales problemas en Baja California. Y Carlos Uscanga y Rogelio Vargas, en el sitio discovernikkei.org, hablan de los casos más relevantes de migrantes japoneses frente a la justicia penal en México. Dos casos se ubican en nuestra entidad: uno ocurrió en 1926 en Mexicali y el otro en 1933 en Tijuana. El primero fue un escándalo mayor entre miembros de la Asociación Japonesa de la ciudad capital del Distrito Norte de la Baja California. El otro tiene más parecido con la campaña antichina llevada a cabo en Ensenada por esas mismas fechas, sólo que en el caso japonés el escenario fue en la ciudad de Tijuana, en la época de auge de los casinos gracias a la ley seca impuesta por nuestro vecino del norte. En 1926, Saburo Mashiko, el secretario general de la Asociación Japonesa de Mexicali, tuvo un altercado con Shinichi Morishita, hermano del presidente de la misma asociación, y con Kiyoji Ikuta, un conocido miembro de la mafia japonesa con sede en el Tokyo Club de Los Ángeles, California. En este enfrentamiento, sucedido en el edificio de la propia asociación, resultó muerto Saburo Mashiko. Los perpetradores, según el informe policiaco, no sólo asesinaron a Saburo sino que enterraron clandestinamente su cuerpo en el patio interior del inmueble y luego quemaron el edificio para borrar las pruebas incriminatorias de su delito. Los rumores que circularon entonces decían que el asesinato de Mashiko fue motivado porque éste intentó detener el tráfico de personas de Japón a Baja California. En palabras de Uscanga y Vargas: “residentes japoneses en Mexicali eran convencidos, amenazados o sobornados para invitar a su futura pareja, pero al llegar al territorio mexicano se divorciaban. Saburo era el encargado de firmar los permisos de internación de las japonesas que viajaban a esa ciudad fronteriza, y al comprobar ese engaño (en particular de 5 mujeres) contactó al cónsul japonés en Los Ángeles y a las autoridades migratorias para su deportación del país. Todo lo anterior marcó su futuro y la decisión de eliminar a Mashiko”. Tanto Shinichi como Kiyoji fueron acusados de su asesinato y fueron enviados a la cárcel, donde Kiyoji se metió en pleitos con los presos mexicanos, quienes lo mataron, Shinichi fue el único condenado por el crimen en 1928 y sólo hasta 1939 pudo quedar en libertad por un indulto dado por el gobierno cardenista. El otro caso ocurrió en 1933 y tuvo como protagonista a Francisco Ishino Kawanishi, empresario japonés muy respetado en Tijuana, quien fue acusado del delito de contrabando de sacos de yute. Ishino era propietario de un rancho, conocido popularmente como el rancho de los japoneses, y de la tienda miscelánea, El Edén. El soplo del contrabando lo dio Manuel Hernández, un socio mexicano de Ishino, quien lo acusó de contrabandear esta mercancía, que según Hernández no había declarado en la aduana nacional, pero Kawanishi buscó demostrar que esos sacos habían sido robados tiempo atrás y que el día que se afirmaba él estuvo ocultándolos se hallaba en San Diego comprando productos para su tienda. Aunque fue sentenciado a dos años y dos meses de prisión, Ishino apeló la sentencia primero en tribunales federales y finalmente ante la Suprema Corte de Justicia de la Nación, que revisó los testimonios dudosos de Manuel Hernández y lo absolvió. Según Uscanga y Vargas, después de comprobar su inocencia, Ishino “siguió con sus actividades empresariales, fue un ciudadano ejemplar y como reconocimiento por su contribución a Tijuana, lo hizo merecedor de estar en la rotonda de los hombres ilustres de esta ciudad fronteriza”. Aquí vemos que la lucha entre comerciantes mexicanos y extranjeros no sólo ocurrió con la comunidad china, sino que abarcó también a la comunidad japonesa en tiempos de nacionalismo exacerbado. Este caso nos muestra los claroscuros de la convivencia entre orientales y mexicanos cuando la xenofobia era cosa común y pretexto para acusar a la competencia asiática y sacarla del comercio fronterizo.

* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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