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Columna Huésped

La Californidad:un movimiento nuestro

Desde mediados del siglo XX, Baja California es cantada y sus ciudades son puestas bajo la luz más favorable por incontables versificadores.

Por Gabriel Trujillo

Desde mediados del siglo XX, Baja California es cantada y sus ciudades son puestas bajo la luz más favorable por incontables versificadores. Pero no es sino hasta que se da a conocer la generación de escritores, autodenominados de la Californidad, que surge en los años sesenta del siglo XX, al mismo tiempo que se dan cambios importantes en la frontera norte, pues termina el Programa Bracero y los Estados Unidos comienza su largo proceso de ir cerrando sus fronteras poco a poco, de ir poniendo alambradas, torres de vigilancia, muros y demás artefactos que sirven para detener el flujo de migrantes de sur a norte. Y entonces la frontera se vuelve el último destino de los que no pueden cruzar al otro lado y de los que son repatriados por la migra. Los años cincuenta y sesenta del siglo XX ven la explosión demográfica de las poblaciones fronterizas y los escritores e intelectuales de esta zona del país voltean, con una vehemencia nunca antes vista, a mirar, a explorar, a estudiar y cantar lo que les es propio. La matria se vuelve, como pediría por aquellos años el historiador Luis González y González, la tarea a asumir en forma de estudios históricos, obras de creación y meditaciones filosóficas. Es el tiempo de que los artistas fronterizos se dediquen no a pintar una realidad ajena sino a tomar dominio de su propia realidad, a fundar instituciones rectoras de la investigación y las artes por igual. En 1952 Baja California pasa de territorio a estado 29 de la Federación mexicana. Cinco años más tarde se funda la Universidad Autónoma de Baja California. En 1959 se crea El Mexicano, el primer diario regional. En 1962, apenas diez años después de haberse creado el estado libre y soberano de Baja California, la UABC publicó su primera revista, titulada simple y llanamente Revista universitaria. En su primer número, David Piñera, entonces jefe del Departamento de Difusión Cultural, dio a conocer el ensayo “Misión de la Cultura Universitaria”, donde propugnaba, junto con la pujanza económica de Baja California, por “un florecimiento cultural (que) haría posible un desarrollo integral de la personalidad de sus habitantes. Dicho auge cultural pondrá al bajacaliforniano en contacto más íntimo con la tradición latina del país y así apreciará toda la riqueza espiritual de la esencia nacional, lo que le permitirá coexistir con el norteamericano, en forma armónica y libre de desorientaciones”. Para ello, Piñera refería que la ciencia y el arte eran las materias primas para crear tal florecimiento cultural, los medios insustituibles para la superación de la humanidad a través del conocimiento y la belleza. Para don David, como para muchos de sus contemporáneos, “el verdadero artista es el que expresa sus angustias, alegrías y pasiones, justa y precisamente por medio de su obra artística y no a través de actitudes y posturas, generalmente estudiadas y con miras exhibicionistas”. Por lo mismo reprobaba toda bohemia y dilentantismo, todo elitismo del arte y la cultura. El punto más importante de su ensayo, visto desde nuestra actual perspectiva histórica, es que buscaba “adquirir una conciencia clara de nosotros mismos, esclareciendo las actitudes que adopta el bajacaliforniano ante las diversas situaciones y facetas de la vida, como lo son la política, la lucha por la existencia, la religión, la convivencia, el amor, la muerte, todo esto en acatamiento al imperativo helénico de conócete a ti mismo”. La proclama de David Piñera fue, sin duda, la confirmación pública del inicio de una nueva etapa en el desarrollo de la cultura bajacaliforniana. Los años sesenta verían enarbolado, como símbolo y estandarte, el concepto de la Californidad, y lo escucharían en boca de escritores, periodistas, políticos e historiadores; los cuales intentarían pregonar, con mayor o menor fortuna pero con sostenido entusiasmo, las maravillas y bondades, los mitos y leyendas, de nuestra península; como si este pregón fuera un deber cívico, una campaña permanente para elevar a Baja California a la categoría de imaginario colectivo. La literatura, por supuesto, no se quedó atrás y los poetas contendieron entre sí para cantarle, en tonos epopéyicos o con voces engoladas, a la historia y al porvenir de Baja California. Y esto trajo como consecuencia una nueva conciencia poética de vivir en la frontera, en ciudades hechas a sí mismas a fuerza de trabajo y voluntad. De este impulso intelectual surge una conciencia propia, orgullosa de ser bajacaliforniana.

*- El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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