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José López Gastélum y el canto al Estado 29

Con la creación del estado libre y soberano de Baja California, la literatura bajacaliforniana volvió la vista hacia la historia de nuestra entidad como fuente de temas, paisajes o personajes a cantar a través de textos épicos... 

Por Gabriel Trujillo

Con la creación del estado libre y soberano de Baja California, la literatura bajacaliforniana volvió la vista hacia la historia de nuestra entidad como fuente de temas, paisajes o personajes a cantar a través de textos épicos, de tal forma que el pasado regional se volvió algo bueno, progresista, sin mácula, sin conflictos de por medio. Muchos poetas de la generación de la Californidad (1959-1971), una generación de escritores que, desde la educación normalista, buscaban crear una identidad que se forjara entre todos los grupos humanos del estado, que apuntalara un festejo regional de nuestra historia como algo glorioso, bello, ejemplar.

En nuestros tiempos, a los poetas poco les interesa escribir sobre temas cívicos, oficiosos, de estampa escolar. Pero a mediados del siglo XX, una poesía retumbante, regionalista, hecha para ser recitada a viva voz, como una oratoria en verso, como un manifiesto público, como una lección educativa, era la que prevalecía entre las generaciones de autores locales. Entre esos poemas de orgullo nativo había aquellos que le cantaban a las maravillas y riquezas de las distintas ciudades de Baja California en que uno y otros vivían y, si algún concurso oficial se presentaba, se escribían textos versificados cuyo objetivo era expresar las virtudes comunitarias de toda la entidad, incluyendo, desde luego, su desarrollo histórico y su prometedor porvenir a base de trabajo, esfuerzo y tenacidad.

Entre estos poemas que tanto abundaban en aquella época, quiero destacar el titulado Estado 29, cuyo autor fue el poeta sudcaliforniano, entonces residente del puerto de Ensenada, Jesús López Gastélum. Este poema fue publicado hacia 1970. Y no lo hago por sus méritos literarios sino porque este texto responde a sus circunstancias históricas y nos ofrece un atisbo de cómo los bajacalifornianos veían su propia entidad cuando ésta daba inicio su camino como parte del pacto federal. Estado 29 es, por eso mismo, un recorrido por la mentalidad de nuestros ancestros, por la visión exaltada, ingenua, llena de amor por el solar nativo; una visión que era, más que poesía, un manifiesto regionalista donde se mostraban las ganas de que el resto del país le pusiera atención al recién creado estado 29 de la república Mexicana y conocieran, propios como extraños, sus galas, sus tesoros y sus potencialidades: “¡Voy a cantar a Baja California!, desglosar las entrañas de su nombre,  decir el gesto de sus hombres bravos, al compás de la fuerza de la historia;” Era el deseo de exhibir  “el palpitar rotundo del presente y gritarle al futuro su destino.” Una manera de afirmar que Baja California era una nueva entidad y que había llegado el momento de tomarla en cuenta, de darle su lugar en la mesa de México como parte sustancial de su camino social, político y cultural.

Estamos ante un poema que transcurre como travesía histórica, como crónica de nuestra realidad, en verso que buscan servir para glorificar los episodios más importantes de la península de Baja California. López Gastélum, quien era, como muchos de sus compañeros poetas de mediados del siglo XX, un bardo de juegos florales y concursos patrióticos y nacionalistas, como se acostumbraban en aquellos tiempos, también era un maestro que buscaba que la poesía fuera útil, que sirviera como libro de texto para incidir en los niños y jóvenes como ideario a seguir, como fortalecimiento de la identidad bajacaliforniana: mundo recién creado donde la historia es un vínculo que une al pasado con el presente a través de nativos, exploradores, misioneros y pioneros de cada población que aquí se ha fundado: “Empezaba a nacer tu geografía, abrías el arcón de tus secretos y tus valles rumiaban perezosos el balbuceo de una nueva vida.”

Por otra parte, el poema de Jesús López Gastélum no era sólo una mirada nostálgica al pasado regional, sino que se presentaba como un instrumento para declamarse en las escuelas de la entidad y, por lo mismo, también era un mural en verso que exponía las maravillas de Baja California en su etapa contemporánea, como un recordatorio de sus aportaciones a la nación mexicana. No hay que olvidar que además de maestro, nuestro poeta era periodista y deseaba hacer la crónica de las riquezas que contenía nuestro estado para el público en general. Quería que nadie olvidara lo que Baja California era, es y será. De ahí su valor como testimonio de una era donde lo regional era nuestra carta de presentación, nuestro emblema colectivo.

* El autor es escritor, miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.

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