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Sueños de plata

Elvis. Dir. Baz Luhrman

“Una vida vivida con temor es una vida vivida a medias.” Así reza la inscripción en el emperifollado escudo de Elvis que sirve como título de entrada de la cinta de Baz Luhrman, lema digno de un rey.

Por Manuel Ríos Sarabia

“Una vida vivida con temor es una vida vivida a medias.” Así reza la inscripción en el emperifollado escudo de Elvis que sirve como título de entrada de la cinta de Baz Luhrman, lema digno de un rey. La vida de Elvis Aaron Presley no es ningún misterio, y ha sido tema de varias películas desde 1979, pero la nueva interpretación que presenta Luhrman es majestuosa y definitiva. 

Con un ritmo vertiginoso y pantallas divididas, la historia inicia en el final, con imágenes paralelas de Elvis (Austin Butler) desvaneciéndose de agotamiento tras bambalinas en 1975 y el Coronel Tom Parker (Tom Hanks) sufriendo un infarto en 1997, ambos en Las Vegas, ciudad que se convirtió en sinónimo de Elvis. 

Durante los cuarenta, mientras Tom Parker engañaba incautos en atracciones de feria, Elvis crecía en un barrio negro de bajos recursos, donde descubrió, cual revelación divina, las notas del rythm and blues y el góspel, que años después compartiría con el mundo entero. 

Como en un sueño de fiebre Luhrman corré a través de los sucesos en la vida de Presley, imbuyéndolos de vitalidad y artificio para crear una “realidad” que interpreta (como lo hizo en Moulin Rouge) y extrapola la sensación de haber estado, en esos sitios, en esos tiempos. Utilizando de nueva cuenta recursos musicales anacrónicos, como hip hop en la calle Beale, de Memphis, que frecuentaba Elvis, y donde tocaban leyendas como B.B. King, Fats Domino y Little Richards, piedras angulares del rock and roll que fueron de gran influencia e inspiración para él. 

El momento en que los caminos del “Coronel” y Elvis se cruzan fue decisivo en el curso de la historia musical. Desde el instante en que Parker tomó las riendas de la carrera (y vida) de Elvis, su ascenso fue meteórico. Para bien o para mal, gracias a la desmesurada avaricia de Parker, tenemos el invaluable legado de la música de Elvis y la comercialización de algo que antes estaba relegado y vilificado como música de negros. Debido a su agraciada apariencia, su talento, el ser blanco, y la retorcida habilidad de Parker, Elvis llevó el rock a las masas. 

Luhrman convierte la vida del ídolo en un desenfrenado viaje, haciendo magistral uso de la música y la edición para crear una evidente metáfora súper heroica de la tragedia de Elvis, quien desde niño fue seguidor de las historietas del Capitán Marvel Jr., y finalmente (en los setenta) moldeó su vestimenta en la del personaje (enteros y capa corta). 

Y como Elvis era la encarnación de un súper héroe, inevitablemente estuvo en eterna batalla con un súper villano, que hiciera de su vida un infierno, el manipulador y explotador “Coronel” Parker, que convirtió a Elvis en un producto, remedo de sí mismo, actuando en películas baratas con música instantánea. La relación entre ellos era simbiótica, Parker un absoluto parásito. 

A finales de los sesenta Elvis, gracias al trabajo de Steve Binder y Bones Howe en el exitoso especial de televisión de 1968, pudo retomar su camino. Sin embargo las artimañas de Parker esclavizaron a su gallina de huevos de oro por el resto de su vida, entre una prolongada residencia en Las Vegas y un tour por EEUU. 

Elvis es parte de la mitología norteamericana, no sólo un rey, un verdadero dios. Luhrman, con una de las mejores cintas del año, se encarga de engrandecer el mito y hace pensar en lo que pudo haber sido si las producciones de Elvis hubiesen tenido presupuestos decorosos y directores con escrúpulos. 

“Elvis cambió permanentemente el rostro de la cultura popular norteamericana.” – Jimmy Carter ¡Que viva el rey! 

*El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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