No te pierdas las últimas noticias

Suscríbete a las notificaciones y enterate de todo

Columnas Quietud del movimiento

El futuro de las organizaciones

Cualquiera que haya entrado alguna vez a la Catedral de Notre Dame en París o la Basílica de San Pedro en el Vaticano ha quedado asombrado por su majestuosidad

Por Roberto Quijano Luna

Cualquiera que haya entrado alguna vez a la Catedral de Notre Dame en París o la Basílica de San Pedro en el Vaticano ha quedado asombrado por su majestuosidad. Caminar por sus pasillos te transporta a otra época, te pone a pensar cómo era la vida de las personas que edificaron estas grandes estructuras; cómo se vivía en el siglo XII en París o el siglo XVI en Roma.

La iglesia cristiana fue la organización más poderosa durante la mayor parte de la historia de Occidente; desde que se volvió la religión oficial del Imperio Romano en 380 A.D., pasando por el Medievo, Renacimiento, hasta la modernidad. Si bien, actualmente la iglesia cuenta con millones de feligreses por todo el mundo, no tiene el alcance y relevancia que alguna vez poseyó, existen otras organizaciones que gozan de mayor poder.

Particularmente, un efecto de las revoluciones y cambios políticos de los siglos XVIII-XIX fue la subordinación de la iglesia a los nacientes Estados-naciones. Eran ahora los gobiernos las organizaciones más dominantes dentro de sus fronteras. Después, en la era industrial, surgieron otras organizaciones colectivas como lo son las empresas que de igual manera gozaban de gran influencia por sus aportaciones al desarrollo de las economías. Para el siglo XX, los gobiernos y las empresas se constituyeron como las organizaciones más poderosas en lo político y lo económico respectivamente.

Edificaciones como Notre Dame o San Pedro son prueba del pasado poderío y gloria de la iglesia. Es evidente que organizaciones como el gobierno de Estados Unidos y Amazon son actualmente mucho más poderosas que la iglesia. Efectivamente lo son hoy, pero al menos la existencia de una de estas está en peligro. Los gobiernos.

Compare ese sentimiento de caminar por Notre Dame con lo que siente cuando camina por el Palacio Municipal o Centro de Gobierno. Cuando uno tiene que ir a estos lugares siente todo lo contrario, uno se desgasta sacando inútiles trámites burocráticos. La realidad es que los gobiernos son organizaciones disfuncionales. Su razón de ser es la provisión de bienes y servicios públicos de calidad; podemos afirmar con certeza que fracasan rotundamente en esta encomienda.

En gran parte, se debe a su incapacidad de adaptarse y reinventarse a las circunstancias actuales. El gobierno obtiene la totalidad de sus recursos mediante la recaudación de impuestos, no hay incentivos para ser rentable o productivo, a diferencia de las empresas. En la era digital, este modelo de negocio de los gobiernos está condenado al fracaso. Conforme se imponga la cibereconomía y criptomonedas, su capacidad recaudatoria disminuirá al mínimo. Si hoy los gobiernos son disfuncionales, mañana lo serán más.

Cualquier organización debe de reflejar los valores de los tiempos en que existe. Actualmente predomina la lógica del microprocesador; valoramos la eficiencia, inmediatez, productividad y retroalimentación. Los gobiernos valoran las formas, solemnidades, jerarquías e ineficiencias que solamente pierden tiempo y recursos valiosos.

A estas alturas, es demasiado tarde para que los gobiernos se reinventen; gozan de un total descrédito frente a la gente y son incapaces de someterse a un proceso de reingeniería organizacional. El resultado será su progresiva caída en la irrelevancia en áreas que hoy tienen amplia influencia. Las organizaciones ascienden y caen.

Comentarios