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De democracia a demagogia

La democracia como sistema político ha cambiado a lo largo de la historia. No existe un modelo único, sino que se ha adaptado según su tiempo y lugar de aplicación.

Por Roberto Quijano Luna

La democracia como sistema político ha cambiado a lo largo de la historia. No existe un modelo único, sino que se ha adaptado según su tiempo y lugar de aplicación.

Por regla general, hoy aceptamos que en una democracia todos los ciudadanos tienen derecho de votar y ser votados en un proceso electoral. Esto no siempre fue así.

En la Antigua Atenas solamente tenían derecho a votar aquellos considerados formalmente como ciudadanos. Los requisitos: ser hombre, nacido en Atenas, no esclavo y servicio militar completo. Con una población promedio de 300,000, solamente aproximadamente 60,000 eran ciudadanos. 20% de la población tenía derecho a votar y ser votado, el 80% restante no tenía derecho a nada.

Para Aristóteles, la democracia era tal cual como operaba en Atenas, una en donde solamente un grupo reducido tenía derecho a participar; consideraba que la democracia se degeneraba en demagogia cuando se permitía la participación de todos los habitantes. ¿Por qué? Según el filósofo, el permitir que participen todos conlleva a la creación de una tiranía que dice gobernar “en nombre del pueblo”.

Alexis de Tocqueville retomó este concepto con su “tiranía de las mayorías” donde una mayoría empoderada puede imponer un pensamiento único que no puede ser opuesto y la imposición de leyes que atentan contra la libertad de individuos y minorías. Por eso, la importancia de contar con pesos y contrapesos en una democracia: cortes supremas, bancos centrales, gobiernos locales, sociedad civil, prensa.

Por supuesto, una condición necesaria para tener una democracia funcional es contar con una población educada e informada. Si no se cuenta con una población así se corre el riesgo de que lleguen personajes que se beneficien de la ignorancia y necesidad de las mayorías.

En este sentido, la incipiente democracia de México al no contar con una población educada e informada tiene peligrosas tendencias demagógicas. El presidente López Obrador gobierna “en nombre del pueblo bueno”, lo repite siempre para justificar sus erráticas decisiones. Es consciente de la ignorancia y necesidad que vive la mayoría de los mexicanos y la explota para avanzar su agenda.

Para el presidente, los contrapesos (INE, INAI, INEGI, BANXICO) son obstáculos para concretar su tiranía de las mayorías. Estos organismos son producto de batallas de la sociedad civil para evitar que el presidente tome todas las decisiones. Permiten la entrada de expertos técnicos al gobierno para que implementen políticas públicas técnicas no politizadas. Hacen que la democracia sea un modelo político viable.

Imaginen un país donde las decisiones en materia de telecomunicaciones o competencia económica se decidieran enteramente por voluntad popular. Sería un completo desastre. La mayoría no entendemos de estos temas, nada asegura que el presidente sepa también.

Bajo este contexto, México llega a esta elección intermedia crucial con una población pobre, ignorante y enferma y un presidente ansioso de concentrar el poder político “en nombre del pueblo”. Contamos con todos los elementos para que nuestra democracia se degenere por completo en una vulgar demagogia. Esto es lo que está en juego.

*- El autor es abogado y estudiante de maestría en administración y políticas públicas.

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