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Ciudad Obregón Ecoanálisis

Coyotes playeros

“La primera luz del día asomó sobre las aguas tranquilas del Mar de Cortez y lentamente apareció el Sol una vez más.

Por Alberto Tapia

“La primera luz del día asomó sobre las aguas tranquilas del Mar de Cortez y lentamente apareció el Sol una vez más. La brisa que acompaña al milagro del amanecer sopló suavemente. El mar empezó a reflejar al recién nacido Astro Rey y la arena húmeda de la playa solitaria empezó a brillar como oro. Es el reflejo solar en diminutas partículas de mica y una que otra del preciado metal, aún no extraído del mar.

Claramente se dibujaron en la playa virgen recién pulida por la baja mar de la noche anterior las inconfundibles huellas caninas. En las playas del Cortez es más común encontrar huellas de coyotes que de focas, lobos y elefantes marinos. Sentado en una roca redondeada por millones de olas, buscaba la singular silueta del coyote playero. El Sol calentó más y me paré siguiendo las huellas del depredador más inteligente de América. Crucé otras huellas, otras más, todas recientes de esa mañana.

Encontré los restos de un lobo marino que tenía marcados los dientes de un tiburón que no alcanzó a comerla toda y la marea la arrojó a la playa. También tenía dentelladas de varios coyotes que comieron de ella durante la noche. Estas playas ofrecen abundante proteína para el vagabundo playero que las recorre al amanecer y atardecer, aprovechando despojos de cangrejos, aves, pescados, focas, delfines y ballenas. Siempre hay algo que comer para ellos. Cuando se enfadan de comer despojos del mar, se reúnen en jauría y atacan el rebaño de chivas del campo pesquero más próximo.

Esta costa golfina, en los años setenta del siglo pasado tenía muy pocos habitantes. Al no poder criar ganado mayor, criaban cabras, chivas, que se sostienen con agua salobre y el ramoneo de chamizos, palo verde, palo fierro y mezquite. Y estos caninos silvestres no saben que los libros de biología dictan que ellos deben comer conejos y liebres. Todo campo de pescadores tiene su basurero, en donde tiran además de su escasa basura de la civilización, los despojos de la pesca del día anterior. Estos sitios son muy frecuentados por cuervos y zopilotes y, en la penumbra del ocaso o el alba, los coyotes husmean en busca de un bocado.

Si usted desea observar a uno de estos canes silvestres, patrullar las playas es un modo, visitar basureros el otro. Pero los coyotes del desierto no poseen la abundante y lustrosa pelambre de sus primos de la alta montaña. En este medio árido y caliente, su pelambre es rala, áspera y muy corta, nada atractiva para confeccionar un tapete, por ejemplo. Existe la idea de que el perro que come pescado le da sarna. Algo ha de afectarles a estos animales porque su piel no es de calidad, no se curte bien”.

Los párrafos anteriores son un extracto de nuestro libro “Añoranzas Cinegéticas”. En él damos cuenta mi hermano Armando y yo, sobre aventuras con berrendos, osos, pumas, coyotes, pecaríes y, ¡onzas!, esa misteriosa fiera mexicana inexistente para la Ciencia. Fotos en FB.

*El autor es investigador ambiental ENCERRADO.

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