Columnas Por qué soñamos lo que soñamos

Termómetro mental

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El soñar probablemente puso a hablar al humano primigenio, el apetito por trasmitir tan mágica experiencia pudo haber echado a andar al lenguaje, así como la estructura del lenguaje permite que soñemos con una historia, con un guion. El sueño del humano está pleno de sentido, tanto que mientras sucede nos pone en trance. Soñamos en primera persona, somo nosotros actuando en el mundo. Todas las noches, lo recordemos o no, el cerebro recrea la realidad durante ciclos a lo largo del sueño. Al despertar y recuperar la conciencia recordamos con asombro eso que soñamos, asimismo se olvida rápidamente. El soñar es el taller al que entra el cerebro cuando dormimos, un taller de reparación diaria. Tan necesaria que unos pocos días sin dormir enloquecen a cualquiera. Incluso ha sido una forma de tortura. Así como hay reparación hay restos, basuras de memoria que el cerebro rápidamente las asocia y organiza conforme al tiempo y espacio de la consciencia. No es al azar, hay un sentido del contenido de los sueños, simplemente que interpretarlo con confiabilidad amerita un sicoanálisis, asunto largo y difícil. Interpretarlo con la intuición es caer en el pensamiento mágico suponiéndoles un significado; hasta los más liberados del pensamiento mágico caemos en esta tentación. Es como intentar leer en el excremento qué comió una persona. El cerebro usa recursos recientes y remotos de la memoria, sin respetar el tiempo real; combinamos tiempos, circunstancias, emociones y personas. Terreno fértil para el surrealismo. Los sueños son historietas que nos contamos a nosotros mismos, recuerdos de algo como vivido sabiendo que no lo es. Hay fármacos que producen sueños hiperrealistas, pueden ser, como cualquier sueño, agradables o desagradables. Los sueños pueden ser tan realistas que nos hacen que pasemos un segundo confundidos al despertar y tener un pie en cada dimensión. El metabolismo se pone en modo “sleep” y también tiene maniobras de reparación, si el sueño coincide con una opípara cena o una necesidad fisiológica es más factible que los sueños sean desagradables. Ningún órgano trabaja más durante el sueño que el cerebro, trabaja más que cuando estamos despiertos, tanto que nos necesita “desconectados” del entorno. Aproximadamente soñamos en cinco ocasiones durante un sueño de ocho horas, son los ciclos de limpieza general necesarios para un bienestar en el día. Hay personas que los consiguen en menos horas. Lejos de ser una mirada al interior es una cortina, lo soñado distrae. Lo problemático es que ese guion no es inocente, hay una determinación inconsciente en esa armazón de memorias sobre todo visuales y de ideas. Freud señaló cómo la censura inconsciente obedece a lo intolerable de lo real. Calderón de la Barca escribió La vida es sueño, gran verdad. * El autor es siquiatra y ejerce en Tijuana.

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