Columnas La normalidad del crimen

Termómetro mental

Por

México es el único país donde encontrarse en la calle con una hielera o con unas bolsas de basura en un lugar inusual nos hará sospechar algo siniestro, un humano descuartizado. Donde encontrarse con una cobija abultada nos hará inmediatamente pensar en un taco humano, lo escribo con todo respeto. Me refiero a la cotidianeidad. ¿Cuántos tijuanenses se han topado con la noticia de que, a unos metros de su vivienda, o áreas por donde circula frecuentemente, encontraron fragmentos humanos?, producto de uno de los más siniestros rituales criminales del planeta que padecemos. No critico el pánico o sicosis social con la idea de una epidemia de robos de infantes o de extorsión. Yo pienso que es válido expresar el pánico, vigilando que no genere un simple desahogo sino un reclamo de auxilio. La denuncia del daño sicológico, familiar, económico debe ser parte de la denuncia del crimen en sí. La brutalidad con que se ejecutan los homicidios hace que el terror sea mayor. El placer perverso que está en el sufrimiento del otro es una manifestación de la falta de domesticación de la tendencia al mal que tiene en su esencia la condición humana. Dialogaba con el sabio y amigo Dr. Raúl Ahumada sobre ello y me quedé reflexionando esto impolíticamente correcto para los ideales humanistas. Imaginarnos buenos por naturaleza es un error, somos buenos por civilizados. Cuando fallan las estructuras sociales encargadas de mantener las normas sociales hay terreno fértil para la violencia perversa. Toda violencia es perversa, pero hay ese plus, ese de más que es la genuina perversión en el sentido patológico. Hay cierta perversión “tolerada”, esa moralmente detestable pero socialmente aceptada. Por ejemplo, en la sexualidad, ver un menú pornográfico en la red es ver las variedades completas de perversiones sexuales humanas. Esta oferta pornográfica cubre todo resquicio de lo no aceptado, pero socialmente tolerado. Aun en ella hay censura, hay expresiones sicópatas que no pueden ser permitidas, videos donde alguien sufre y otro disfruta, pudiendo llegar hasta la muerte. Las descuartizaciones que vivimos cotidianamente en la ciudad son una de las expresiones máximas de barbarie, ver videonarcos mexicanos es ver el extremo de la sicopatía en donde uno sufre y otros disfrutan, lo grave es que son reflejo de la realidad. El hallazgo de signos de tortura es muy frecuente, también las decapitaciones. Cuando el deterioro síquico social ha avanzado tanto, puede tardar muchos años en recuperarse, generaciones inclusive. La fantasía de que se reparará la conducta corrupta, base de la barbárica, en un sexenio o dos es solo una fantasía. Lo que tenemos que lograr es una baja continua y sostenida de corrupción y criminalidad. * El autor es siquiatra y ejerce en Tijuana.

Comentarios