Columnas La ofensiva defensa de Trump

Termómetro mental

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Esta columna se ha dedicado en unas cinco ocasiones a analizar la opinión de expertos en salud mental y agregar la propia que se suma a esas que cuestionan la salud mental del presidente Trump. Mi posición es que si padece de algo es un trastorno de la personalidad narcisista, exitoso. Quiero decir que cuando este trastorno se acompaña de fama y poder no parece ser un trastorno. La superioridad mental se hace realidad. Sin embargo, él no decide por su cuenta, pese a que personalmente envíe mensajes por las redes sociales o diga frases con pésimo estilo, representa la política de un grupo, principalmente militar, que es el que toma las decisiones. La función del ejército americano es pensar en los extranjeros, siempre, como potencialmente enemigos. Hay una posición algo paranoide en el discurso de que el extranjero es el malo, el que abusa de la riqueza y tonta generosidad de los gobiernos que le antecedieron. La paranoia implica pensar a partir de la certeza de que cualquier movimiento o intención del otro está dirigido en contra suya. Es un discurso que tiene elementos narcisistas y por ello Trump puede expresarlo tan mesiánicamente. Hay que imaginarse estar en el centro de los demás para pensar narcisista o paranoicamente. Es una paradoja histórica totalmente novedosa porque ahora esto ya no se resuelve con una guerra entre potencias ya que significaría la devastación global nuclear. Antes se hubiera hablado de tambores de guerra que anunciaban batalla, ahora es un impasse. El mundo está en el dilema de cómo responder a estas patadas de ahogado de un imperio que dejó de serlo. Solamente les queda su superioridad militar y de consumo. Aunque un ejército debe tener fuertes candados y cadenas de decisión, inquieta que el gobierno americano esté cada vez más a la defensiva, y de acuerdo con su pensamiento paranoide, la mejor defensiva es la ofensiva. Cuando el paranoico se siente acorralado responderá agresivamente, el aislamiento comercial es una táctica muy peligrosa. Tanto que parece algo delirante, no lo es, pero sí tiene su estructura paranoide. Quizá se trate de un mecanismo de defensa de negación de su propia decadencia y debilidad. La primera columna en que traté el asunto Trump fue cuando era precandidato y me atreví a decir que las circunstancias favorecían que esa persona conocida por su “reality show” triunfara ante el malestar de la mayoría conservadora que necesitaba tomar el poder y actuar rabiosamente. La actitud permanentemente enojada de Trump era ideal, y triunfó. Hoy no me queda duda que lo más probable es que se reelija. La pregunta es ¿cuánto tiempo se puede sostener este impasse sin que se generen focos de desorden y alto estrés? El autor es siquiatra y ejerce en Tijuana.

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