Columnas Verano del 84 / El Depredador Dir. Francois Simard, Anouk Whissell & Yoan Karl Whissell / Shane Black

Sueños de plata

Por Manuel Ríos Sarabia

RKSS, el equipo de directores detrás de “Turbo Kid” (éxito de Sundance en el 2015), regresan para realizar un segundo viaje al cine comercial de los ochentas. Como en “Turbo Kid”, los directores se enfocan en recrear la idea existente en la consciencia colectiva de la década de los ochenta, apostándole a la nostalgia por encima de todo, y como en el caso de su primera cinta, el producto sufre por ello en el aspecto narrativo. Durante las vacaciones de verano, en un pequeño pueblo estadounidense, que bien podría haber salido de cualquier producción ochentera de Steven Spielberg (y esa es justamente la intención), cuatro amigos adolescentes se topan con el misterio de la desaparición de varios niños de la región y se postulan la posibilidad de que uno de los vecinos de la comunidad sea el más probable sospechoso de los crímenes en cuestión. Todos los elementos para capturar la sensación de los ochenta están presentes, fotografía, diseño de producción, vestuario, música, y sin duda logran generar un enorme sentimiento nostalgia (especialmente en todo aquel que forma parte de la generación X); el problema está en que el guión nunca llega a ser lo suficientemente interesante ya que, en realidad, no sucede nada, y los personajes sólo son esbozos basados en clichés gastados. El concepto de recrear una visión idealizada de una década pasada, en si mismo, no es suficiente soporte para la cinta, y como la mayoría de producciones basadas en la nostalgia ochentera (Stranger Things viene a la mente), Verano del 84 termina siendo un lindo paquete, con envoltura retro, pero carente de contenido. Por otro lado, el caso de la nueva entrega, en la ya bastante devaluada franquicia, de Depredador es sorprendentemente refrescante. La forma en que Shane Black captura y readapta los tropos del cine de acción de los ochenta resulta exitosa debido a que (a diferencia de Verano del 84) se enfoca en el guión y no en la estética. El hecho de que la cinta no se tome en serio a si misma es lo que hace que funcione, evidenciando a través de su trama, diálogos y metareferencias, que se trata de un tipo de cine hecho para niños de trece años (tal como lo fue en su momento la entrega original de 1987), y es por esto que funciona. La trama, que incluye a más de un Depredrador, es por demás ridícula (y como menciona un personaje “parece que me la estoy sacando de la cola”), es solamente una excusa para reunir a un equipo de soldados afectados por síndrome de stress post traumático (en realidad una bola de locos carismáticos), que recuerdan a la unidad liderada por Schwarzenegger en la primera cinta y que juntos se convierten en una media docena maldita. La interacción entre los personajes y sus ridículos diálogos son sin duda lo más divertido en pantalla, y cada vez que aparecen los depredadores nos dejan deseando que pudiéramos seguir conviviendo con los chiflados soldados en vez de aguantar otra inevitable escena de acción. La inverosimilitud del personaje de científica aventurera que interpreta Olivia Munn y el papel esencial que tiene un niño dentro de la trama, acentúan la presencia de elementos absurdos, muy al estilo ochentero, que hacen de “El Depredador”, si se tiene el humor indicado para ver a soldados contra extraterrestres, un rato agradable.

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