Columnas Tiempo Compartido Dir. Sebastián Hoffman

Sueños de plata

Por Manuel Ríos Sarabia

Con su segundo largometraje, ganador del premio del jurado a mejor guión en el festival de cine de Sundance, Sebastián Hoffman presenta una visión, en clave horror, sobre la invasión de los conglomerados extranjeros en suelo mexicano y sus macabras consecuencias, tanto para trabajadores como para consumidores. Pedro (Luis Gerardo Méndez), su esposa e hijo, realizando un viaje que pretende ser de sanación, se hospedan en un lujoso resort de playa. Al llegar se encuentran con la desagradable sorpresa de que los espacios han sido sobrevendidos y como consecuencia tendrán que compartir su habitación con otra familia. Con esta sencilla e inverosímil premisa, que ya apunta el camino absurdista que tomará la cinta, Hoffman intenta crear una atmosfera de suspenso, apoyada por un breve prólogo en que Andrés (Miguel Rodarte), un empleado del resort, sufre un ataque catatónico mientras conducía un evento de animación para huéspedes. Lenta, muy lentamente los eventos paralelos en las vidas de Pedro y Andrés se desenvuelven, exhibiendo más misterios en torno a Everfields, la transnacional que ha tomado control del resort. Inexplicablemente, a pesar de su firme convicción de intentarlo, ninguno de los dos logra abandonar el lugar. Con interesante diseño de producción y una muy cuidada fotografía, a cargo de Matias Penachino, Hoffman evoca cintas que indudablemente quiere emular, en específico el cine atmosférico y surreal de David Lynch y Nicolas Winding Refn. El esfuerzo, sin embargo, no alcanza a lograr el objetivo, ya que la introducción arbitraria de imágenes o acontecimientos extraños por si solos, y la utilización de encuadres inusuales sin justificación alguna, no son iguales a una narrativa sostenible. El elemento más interesante del guión es la forma en que se presenta el “ficticio” modus operandi de empresas extranjeras, el cual es idéntico al utilizado por religiones y sectas, las cuales manipulan a empleados y consumidores a través de los sentimientos, utilizando la extracción de experiencias personales como herramientas de acercamiento íntimo, para hacer sentir a sus “víctimas” que son parte de una gran familia que busca su beneficio; cuando en realidad, el único interés que tienen estas organizaciones es el de obtener utilidades a toda costa, sin importar los daños colaterales que ocasionen, y siempre los hay. Esta imagen de una organización maligna, que literalmente se alimenta de las almas de los seres que engulle y vomita, dedicada a programar a las nuevas generaciones para repetir el proceso infinitamente, es un fiel retrato del capitalismo y el daño que este sistema ha ocasionado a la humanidad y en específico a nuestro país, perpetuando una sociedad esclavizada y dividida, obsesionada por una idea falsa de la felicidad, una aspiración artificial, basada en imágenes plásticas y prefabricadas, que fomentan, por voluntad propia, la continuidad del sometimiento frente al gran amo. Son contados los momentos en que la intención de Hoffman, de crear una atmosfera, funcionan, y cuando esto sucede siempre se está parafraseando visualmente a mejores fuentes. Vienen a la mente “El resplandor” y “El ángel exterminador” como representación de espacios (edificios) que encarnan fuerzas sobrenaturales que inexplicablemente aprisionan a sus protagonistas. Las de Hoffman, son ideas elevadas y muy interesantes, que desafortunadamente, en la ejecución, cometen el peor de los pecados, el de aburrir. Y a pesar de una propuesta estética bien lograda el resultado final sólo es un tiempo perdido.

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