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Columnas El silencio Dir. Ingmar Bergman

Sueños de plata

Por Manuel Ríos Sarabia

En un compartimento de tren viajan incómodamente dos mujeres y un niño. Una de ellas tose violentamente sobre su pañuelo, afligida por alguna grave enfermedad, la otra suda a cantaros por el insoportable calor. El niño, inquieto, se asoma por la ventana y observa a un tren de carga que lleva tanques de guerra, después se recuesta cariñosamente junto a la acalorada mujer. No sabemos de dónde vienen, ni a qué lugar están llegando. Una ciudad europea con un idioma desconocido. Desde estos primeros minutos, la sensación de incomodidad es palpable. Existe una insoportable tensión creada por la carencia de las palabras. A su llegada a un hotel se revela que Ester (Ingrid Thulin), la mujer enferma, es traductora, sin embargo no conoce el idioma del lugar. La relación entre ella y Anna (Gunnel Lindblom) aparenta ser de amantes, realmente son hermanas (revelado al mencionar a su padre). Johan (Jörgen Lindström) es hijo de Anna, pero ambas luchan sutilmente por ganar su afecto. Esto es solo uno de los elementos que alimentan la animadversión entre ellas. Johan deambula por el solitario hotel, disparando su pistola de juguete a todo el que se cruza en su camino. No entiende por qué su madre se besa con un hombre desconocido y se interna en otra habitación del hotel. El niño, aislado por la barrera del lenguaje, en un lugar desconocido, internaliza las sensaciones que lo estimulan, la parca y constante lucha entre las dos mujeres de su vida. Ester exhibe una mezcla de celos y desprecio por Anna ante su capacidad de salir a la ciudad y tener relaciones sexuales furtivas, mientras ella convalece en cama, sola, fumando, bebiendo… masturbándose. En su exploración del hotel Johan se encuentra con una tropa de enanos actores, la única visión de alegría y desparpajado en este gris universo, y aunque (por su nacionalidad española) su aparición está diseñada para prolongar la alienación verbal, para los hispano parlantes se convierte en un oasis dentro del desierto silente, que obsequia, por un breve instante, un atisbo de “normalidad”. La carencia de información, el aparente mutismo creado por Bergman, tiene como resultado una perturbadora sensación de pavor existencial. La única conclusión lógica para su trilogía sobre “El silencio de Dios” (de la cual esta es la tercera parte) es una representación literal del vacío, mismo que es agigantado por la impresión de desesperanza que envuelve a una ciudad sórdida y sobrepoblada, cubierta por el fantasma de la guerra y la miseria. En esta isla desierta del espíritu, Johan representa la inocencia, la única esperanza para el futuro, y un notable contraste entre las dos mujeres que se disputan su alma viviendo en la constante tragedia de ser dos caras inextricables (carnalidad e intelecto) de un solo ser desconectado de sí mismo. En el choque de fuerzas entre las hermanas, retratadas magistralmente por Sven Nykvist (director de fotografía), el peso está siempre en la ausencia de palabras, en el espacio negativo entre lo que se dice y lo que se quiere decir. El cine de Bergman exige la participación de su espectador para que este llene los espacios, las ausencias, los silencios. La verdadera acción (drama) únicamente sucede en la profundidad de las almas de sus personajes. El centésimo aniversario de su nacimiento es un buen pretexto para adentrarse en su universo. El ciclo de Bergman exhibiéndose en Cinemex y Cine Tonalá. El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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