Columnas Christopher Robin Dir. Marc Forster

Sueños de plata

Por Manuel Ríos Sarabia

Utilizando la misma premisa que Steven Spielberg en “Hook” (El retorno del Capitán Garfio, 1991) para responder a la pregunta que nadie nunca se hizo, acerca de lo que sucede al personaje infantil cuando se vuelve adulto, Christopher Robin sigue la cronología del niño que jugaba con su oso Winnie-the-Pooh y demás animales imaginarios en un bosque de Inglaterra, narrando lo que aconteció después de su fiesta de despedida (última historia escrita por el creador de los personajes A.A. Milne). A diferencia del gran error que fue “Hook”, “Christopher Robin” logra capturar la esencia, tanto de los relatos de Milne como de las adaptaciones realizadas por el estudio Disney en los sesentas y setentas. Marc Forster, quien evidentemente fue contratado por su trabajo en “Descubriendo Nunca Jamás” (2004), crea un universo digno de los personajes de Milne y justifica el retorno de estos a una Inglaterra de posguerra, cuando más ayuda pueden brindar a su compañero de juegos. El guion de Alex Ross Perry, Tom McCarthy y Allison Schroeder conduce a Christopher Robin desde la infancia a la adultez, esto en un emotivo prólogo que muestra la pérdida de sus padres, el primer encuentro con su futura esposa Evelyn (Hayley Atwell), su lucha en las trincheras durante la segunda guerra mundial y su eventual retorno a casa para establecerse en una tranquila, gris y rutinaria vida, como ejecutivo de eficiencia en una fábrica de maletas. Confrontado con la caída en las utilidades y el inminente despido de una gran parte de los empleados de la empresa, Christopher debe encontrar una solución al problema y presentarla ante los ejecutivos para su ejecución. Esta situación lo obliga a cancelar su viaje de fin de semana al campo con su esposa y su hija Madeline (Bronte Carmichael). Compungido ante la probabilidad de tener que ser el responsable de eliminar a sus colaboradores de la nómina empresarial, Christopher se sienta a ponderar sus opciones en la banca de un parque. Al otro lado de la banca aparece Winnie, su pequeño compañero de juegos infantiles. Sorprendido inicialmente por la imposibilidad de que el osito se haya manifestado en la realidad, Christopher lo lleva a casa donde intenta trabajar entre los torpes accidentes y múltiples derrames de miel creados por el dulce Pooh. La actuación de Ewan McGregor como Christopher Robin, interactuando con Pooh y los demás animales del bosque hacen que el viaje introspectivo de Forster se convierta en algo mágico, que va más allá de la nostalgia que logra evocar en el espectador adecuado. El tema del padre que trabaja demasiado en su afán por proveer, y en el proceso, literalmente se pierde de su familia, y de todos esos pequeños y silenciosos momentos que hacen que la vida realmente valga la pena, rasca fibras universales de la sociedad moderna. La dulzura y amabilidad de Pooh se encuentra presente en cada instante de la cinta, transformando milagrosamente, lo que hubiese sido una entrega más de franquicia, en un verdadero bálsamo para el corazón. Exceptuando una forzada, secuencia de acción, Forster conjura hermosas imágenes que entrelazan a animados muñecos de peluche con el cine de Terrence Malick (a quien le hace un cariñoso e inesperado guiño de la mano Pooh). Christopher Robin, de la mano de su peluche favorito, nos lleva de viaje a ese tranquilo espacio onírico de nuestra infancia, al que todos quisiéramos regresar. “La gente dice que nada es imposible y yo hago nada todos los días”. El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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