Columnas La noche devoró al mundo Dir. Dominique Rocher

Sueños de plata

Por Manuel Ríos Sarabia

Con música electrónica de entrada, que hace referencia al inicio del clásico “El amanecer de los muertos” (George Romero, 1978), inicia la introspectiva cinta de zombis del director francés Dominique Rocher, basada en la novela de Pit Agarmen. Retomando el recurso de “28 días después” (Danny Boyle, 2002), un hombre aislado, aparentemente el único/último sobreviviente de una infección zombi, que en este caso sería una noche después; Rocher deposita a Sam (Anders Danielsen Lie), un músico franco/noruego, en París, en una fiesta en casa de su ex novia, donde este se queda dormido dentro una habitación bajo llave. A la mañana siguiente se encuentra con un departamento vacío de paredes ensangrentadas, una ciudad en ruinas, abandonada, excepto por los cadáveres que deambulan atacando a los pocos sobrevivientes que intentan escapar. La primera impresión es que veremos más de lo mismo, la ya trilladísima historia de cadáveres reanimados y sobrevivientes, con la variante de que en esta ocasión se ambienta en París. Afortunadamente, Rocher tiene mejores planes. Lejos de enfocarse en el “gore” y la violencia, su intención es, como en los mejores momentos de la saga de Romero, adentrarse en la naturaleza humana y la reacción de un individuo ante la situación extrema. Sam lentamente intenta normalizar su vida, encerrado en el edificio, acumulando y racionando la comida que reúne de todos los departamentos, haciendo música con utensilios domésticos y sincerándose con uno de los muertos vivientes (Denis Lavant) que encierra dentro de un elevador. Su vida se vuelve rutinaria y segura (recordando de nueva cuenta a los protagonistas de Romero), mientras el mundo se desmorona en el exterior. La situación puede ser interpretada de varias formas, una de ellas es el estado de complacencia al que hemos llegado como sociedad, todos los días y en múltiples formas el mundo, como lo conocemos se está derrumbando a nuestro alrededor, sin embargo, como si nada estuviese sucediendo, continuamos nuestras vidas sonámbulamente, repitiendo una y otra vez los mismos actos, ciegos al apocalipsis que tenemos frente a nosotros. Durante uno de sus monólogos con su infectado “amigo”, Sam expresa “Ahora estar muerto es la norma. Soy yo el que es anormal”, ofreciendo otro punto de reflexión sobre la existencia humana y sobre lo que es la normalidad. El ser parte de una mente colectiva, con un solo acto instintivo que la rige, el repetir las mismas acciones infinitamente hasta llegar al borde de la locura. ¿Representa alguna de esas opciones lo que se puede llamar normalidad? A través de un inesperado giro en la trama, Sam es confrontado con su actual estilo de vida y con su inevitable adaptación al entorno. Una nueva posibilidad de transformar su situación lo empuja a cuestionar su visible estancamiento y a enfrentar su apabullante medio al cambio. Dentro de un género que ha sido sobreexplotado hasta el hartazgo en el último par de décadas, Rocher se arriesga presentando una visión artística y filosófica, que pasa de los recursos baratos del cine de zombis, para exponer cuestiones realmente aterradoras, como la apatía, el conformismo y la soledad, dentro de una sociedad que se ha convertido en un remedo, carente de toda humanidad, condenada a repetir sus actos mecánicamente y conformada por individuos desensibilizados que deambulan devorándose salvajemente unos a otros. El autor es editor y escritor en Sadhaka Studio.

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